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El Fugitivo
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Fotografía: Hemera
Sentado frente a una pequeña fogata, estiré la mano para alcanzar la lata de sopa de vegetales Campbell, anticipando una estupenda cena sólo para mí. Era libre. Libre de las reglas de mis padres, libre de mis deberes ¡y libre de una vida donde constantemente debía darle cuentas a alguien!

A la edad madura de mis nueve años, había decidido escaparme de casa y vivir una gran aventura. Sentado allí, junto al fuego, gozaba pensando en que habría personas que me extrañarían, que podría vivir sin reglas y jugaría todo el día mientras los demás niños asistían a la escuela. Mis planes fueron interrumpidos por una inesperada revelación. No tenía un abrelatas. De hecho, ni siquiera tenía una cuchara.

Mientras miraba fijamente la diminuta llama, comencé a hacer el recuento de mis actos y de lo mal que había planeado mi fuga. No había sido prudente al planificar mis vacaciones permanentes y al calcular honestamente el aprieto por el que estaba pasando, comencé a entender que no sólo no iba a sobrevivir la primera noche porque ni siquiera iba a poder tener mi primera comida en solitario.

Apagué rápidamente la fogata, tomé mi lata de sopa y comencé un apresurado regreso a casa. Imaginé a mi madre frente a la cocina, preparando la cena y sentí un vacío en en la boca del estómago. Pensar en aquellos deliciosos aromas provenientes de la cocina hicieron que apresurara mis pasos, y el haberme fugado parecía como un error de juicio.

Todavía Escapando

Cuando hace poco hice memoria de ese episodio de mi niñez, también recordé que como adultos a menudo “nos escapamos de casa.” No en el sentido físico, sino espiritual. Empacamos nuestras maletas emocionales, hacemos las cosas por cuenta propia y nos decimos que “allá, en algún lugar” hay una vida que siempre hemos soñado tener; una vida de libertad, de paz, una vida sin reglas.

“Si no aprecias la disciplina, te esperan la pobreza y la deshonra; si aceptas que se te corrija, recibirás grandes honores” (Proverbios 13:18).

Los resultados de escapar de Dios y de aquellas reglas que se han establecido en las Escrituras para nuestra protección, son iguales todavía. Terminamos miserable y espiritualmente sin hogar, sin ninguna dirección eterna. La respuesta bíblica para los fugitivos es igual a cuando yo tenía nueve años de edad: Dios espera pacientemente nuestro regreso. Tal vez sea hora de volver a casa.

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Por Michael Temple. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002.


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