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El Monstruo de la Envidia
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 Fotografía: Hemera
Recordando mi niñez, me doy cuenta que era una niña algo traviesa. Especialmente durante los meses del verano, “nuestra pandilla” de niños del vecindario dábamos vueltas en nuestra bicicletas jugando al “timbre en la zanja”, tirándole globos de agua a algún confiado peatón. Regularmente monopolizábamos las líneas telefónicas haciéndole bromas a las viejitas. Había algo en esas acciones que me excitaban. Debo haber tenido la adrenalina por las nubes.

Pero un día, mis trucos le causaron mucho dolor a alguien. Era el campamento de verano de mi sexto grado en la escuela primaria, y habían escogido a algunos de los alumnos para que tocaran sus instrumentos durante la asamblea general. Padres, estudiantes y maestros eran los invitados.

Yo no estaba entre los músicos escogidos, así que los celos abastecieron de combustible mi naturaleza traviesa vislumbrando nuevas aventuras. Mientras estaba sentada en la sala a oscuras junto a mi amiga Mary que esperaba su turno para tocar el violin, mi mano suavemente se deslizó hacia el estuche de su instrumento. Tratando de encontrar las clavijas que apretaban las cuerdas del violín, comencé a moverlas muy suavemente, una por vez, soltando las cuerdas en medio de la oscuridad.

Un Acto Descarriado

Cuando Mary se levantó para realizar su actuación, no podía imaginarse lo que le esperaba. Avanzando hacia el escenario, se puso el violín bajo el mentón y tensó el arco a través de las cuerdas. ¡El sonido que provenía de su instrumento era atroz! Una y otra vez trató de tocarlo, pero el único sonido que salía de él era un ruido chillón y destemplado. Finalmente, humillada, Mary se apresuró para bajar del escenario con lágrimas ardientes corriendo por sus mejillas. Estoy segura que la palabra culpa estaba escrita por toda mi cara, pero me escabullí en la oscuridad del salón, esperando no ser descubierta. Y no lo fui.

La envidia no es llamada en inglés “green-eyed monster” por nada. Porque, cuando se apodera de nosotros, a menudo actuamos de forma muy inhumana. Como adultos, también estamos plagados de pensamientos de inseguridad e inadecuación que nos hace tener celos. Porque todos los días descubrimos a personas que son más inteligentes, más atractivas y más ricas que usted y yo.

Aún así, nuestro Creador nos ha hecho a cada uno de nosotros seres especiales y extraordinarios. Cuando nos damos cuenta que Dios nos ama tanto que envió a Jesús a morir en nuestro lugar, comenzamos a reconocer cuán especiales somos, realmente. Entonces podemos amarnos y valorarnos más profundamente, como también a los demás, y el monstruo de la envidia se empieza a desvanecer.

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Por Kathy A Lewis. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.

Fotografía: Hemera (Green-Eyed Monsters, Family First)


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