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Adicta Renacida
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Fotografía: Hemera
Dios salvó mi vida. Casi se podría decir que me salvó la vida para que se la entregara a El, porque he escogido hacerlo. Tuve que caerme duro para que los golpes tuvieran un sentido. Pero fue valioso, porque cambió mi vida como nadie jamás podría hacerlo.

Me estaba matando lentamente con las anfetaminas. No había comido durante días y la falta de sueño me hacía alucinar. No tenía trabajo, fe y ningún ingreso. El poco dinero que tenía, lo utilizaba para comprar más drogas, venderlas y hacer dinero para pagar mi alquiler.

Finalmente, algo en mí hizo un clic. Una fotografía de mi hijo y unas palabras que dijo alguien me hicieron pensar que no podía perder a mi bebito. Era todo lo que tenía. Entonces, recordé a otro Padre que había “perdido” a Su único Hijo. El renunció a Aquel que amaba más por mí -una drogadicta que mintió, robó y estafó.

De repente, pensé que tenía que renunciar a mi hijo por algún tiempo, lo suficiente como para darme cuenta que necesitaba ponerme bien por mí misma antes de recuperarlo nuevamente. Esa era mi nueva meta.

Lo primero que hice fue arrodillarme y orar, y comencé a ver todo con una nueva mirada. Vi libros que no debían estar en mi casa. Vi pipas de marihuana que ahora no me parecían tan hermosas. Y en el piso de la sala, comencé a apilar todas las cosas que no deseaba que Jesús viera en mi hogar. Aquellas cosas a las cuales había dado tanta importancia y que luego quemaría en un fuego de purificación. Mientras lo hacía, lloraba e imploraba perdón. Comencé a ver todo el pecado que había en mi vida y pedí perdón por ello. Me asombraba comprobar que había tanto pecado que antes me parecían sólo acontecimientos desgraciados en mi vida desencajada.

Mientras me deshacía de todo el “pecado” de mi hogar, descubrí uno de los libros de mi hijo cuyo título era I Eat (Yo Como). Sabía que era Dios que me estaba diciendo que alimentara mi cuerpo en forma nutritiva. Así que fui a mi alacena para ver si tenía algún pan que fuera comestible. Me sorprendí al ver que ninguno de los panes estaba mohoso. Tenga presente que yo no comía hacía días y no había comprado pan durante un par de semanas.

De repente me vi compartiendo mi pan con Jesús y dedicándole nuevamente mi vida. Rompí en llanto otra vez cuando escuché una voz que me decía: “Come esto en memoria de Mí.” Abrí el refrigerador y allí, frente a mí, estaba el frasco con mermelada de uva. Aquello me hizo reír. Es gracioso comprobar que Dios sabe exactamente lo que necesitamos y en el momento en que lo necesitamos. Entonces entré en el cuarto de baño y con el agua que salía del tubo roto, “me bauticé”. Y desde ese instante, comencé una nueva vida.

Hoy soy una antigua adicta a las drogas. Digo “antigua” en vez de decir “recuperada” porque no creo en ese término. En su lugar, diría que soy una adicta “renacida”. He recomenzado mi vida. En vez de permitir que las drogas llenen el vacío de mi corazón, le he pedido a Jesús que lo haga. Por primera vez, puedo ver las mentiras que el pecado había puesto en Su lugar.

Ahora veo las cosas con los ojos de un recién nacido. En vez de vislumbrar a Dios en algún lugar del espacio, viene hasta mí, diariamente, mostrándome lo importante que soy para El. No importa las veces que le he cerrado la puerta, Dios ha insistido en golpear. Esto me ayuda a comprender que El tiene una obra para mí, aunque no sepa de qué se trata.

También me he dado cuenta que somos tan importantes para El que seguirá llamando a la puerta de los corazones -incluso, de los drogadictos perdidos que lo rechazan por cosas “más importantes”, como yo misma lo hice una vez.

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Por Kathy Hardman. Fragmento reimpreso con el permiso de Signs of the Times, Julio 2006. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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