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A Su Tiempo
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Fotografía: Hemera
Su pierna derecha colgaba débilmente de la camilla donde estaba sentada en el departamento de terapia (una sección para controlar y hacer posible el movimiento de los músculos de las extremidades inferiores). La primavera aquella cuando tenía la correa ancha de lona que sostenía la pierna de mi esposa, estaba tan suelta que si hubiera respirado sobre ella se habría movido.

Después del trágico accidente de mi esposa, la terapia era como una dura batalla que se hacía más grande, y la parálisis que atacó su pierna derecha lucía como si jamás la fuera a abandonar. Después de semanas de terapia intensiva, nos dijeron que ya podíamos llevarla al hogar. “Parece que no se recuperará,” nos dijeron los terapeutas del hospital.

Pero había un sólo problema. Habíamos estado viviendo en un departamento que quedaba en el segundo y tercer pisos. El departamento era inaccesible y tuve que enfrentarme a la intimidante tarea de encontrar un nuevo lugar que estuviera en la planta baja y pudiera mudar todas nuestras pertenencias antes de llevarla a casa.

Todos los días después del trabajo iba a ver posibles propiedades, pero todas las que veía eran inapropiadas. Las semanas pasaron y comencé a desesperarme. Finalmente, una noche después de otro día de agotadora búsqueda, volví a mi hogar y me desplomé, arrodillado, junto a mi cama. “Ay, Señor,” oré, “todo lo que deseo es traer a mi esposa a casa. ¿Puedes ayudarme a encontrar un lugar para vivir?” Dios parecía extrañamente silencioso.

Mientras tanto, cada vez que visitaba a mi esposa, el personal del hospital me presionaba para encontrar pronto un lugar donde vivir. “¿Aún no encuentra nada?”, preguntaban. Me sentía avergonzado y cuando les respondía que aún no, podía observar sus miradas incrédulas.

Todas las Cosas Ayudan a Bien

Por fin, luego de dos meses de intensa búsqueda, lo encontré. El apartamento era todo lo que necesitábamos. Estaba ubicado en un espacioso primer piso y muy accesible a todo. Y entonces, algo aún más milagroso nos ocurrió. Mi esposa comenzó a mostrar signos de movimiento en el músculo de su pierna derecha. Esa misma pierna que colgaba débilmente de las correas, ahora mostraba una leve mejoría. Después de quince años, en la actualidad mi esposa es capaz de deambular por la casa utilizando esa pierna con nuestra ayuda.

Creemos que nunca habría tenido esa oportunidad si no hubiera encontrado un lugar conveniente para vivir. Ella necesitaba permanecer en terapia y nuestro Dios lo sabía, aún cuando nosotros no podíamos vislumbrarlo.

Desde entonces he atesorado un versículo que habla acerca de esta realidad que todos debemos encarar; que nuestro tiempo no es necesariamente el tiempo en que nuestro Dios mide todas las cosas. “¡Pero tú eres mi Dios! ¡En ti he puesto mi confianza! Mi vida está en tus manos…” (Salmo 31:14,15).

No siempre comprendemos los destinos de Dios, pero somos desafiados a depender del conocimiento amoroso de Dios sobre el futuro y a depositar nuestras vidas confiadamente en las manos de Aquel que nos ama más que a nadie en el mundo.

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Por Michael Temple. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002.


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