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Valor en el Dolor
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Fotografía: Hemera
Había oscurecido. El jardín estaba silencioso y aunque trajo con él a sus mejores amigos, se encontraba virtualmente solo. Y aunque les pidió que permanecieran despiertos y oraran junto a El, ellos se durmieron.

Jesús se fue a unas rocas un poco más allá de donde se encontraban sus amigos y cayó al suelo, gritando: “Padre, ¡cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero que no suceda lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.” El deseaba ser reconfortado, pero sus amigos se durmieron. Los mismos hombres con quienes Jesús había pasado noches orando, no podían mantenerse despiertos durante esas horas de agonía.

El llamó al más fuerte, a un pescador, acostumbrado a largas horas de trabajo. “Pedro, ¿estás durmiendo? ¿No podrías haber velado conmigo aunque sea por una hora?” Su agonía no era sólo emocional y mientras oraba para tener fortaleza y cumplir con el plan de salvación, “su sudor caía al suelo como grandes gotas de sangre” (Lucas 22:44).

No tengo la menor idea de cómo se experimenta un dolor así. Fue una angustia sobrehumana. Ninguno de nosotros ha experimentado un dolor semejante -aunque todos podemos recordar cuando hemos pasado por algún gran dolor y deseamos que este se sea removido cuanto antes.

Al leer acerca de cuando Jesús estaba en el Jardín del Getsemaní, me impactó la comparación un tanto defectuosa y típicamente humana por lo cual Cristo puede haber deseado ser liberado de su promesa de morir por nuestros pecados.

Nunca Olvidaré 

Eran las 3 de la mañana del 19 de septiembre de 1974. Tenía unas punzadas dolorosas a través de mi espalda y en la parte baja de mi abdomen. Scott estaba un poco atrasado y yo estaba más que lista para dar a luz a ese no tan pequeño bultito enviado del cielo. Larry y yo fuimos al hospital. Estaba oscuro y tenía miedo. Doce horas después, mis punzadas fueron reemplazadas por dolores de parto.

Había decidido no utilizar anestesia general -lo que fue muy popular durante los partos en el Sur, durante el año 1974- y me encontraba esperando que mi médico me diera la anestesia local apropiada. No era un hospital muy grande y mi obstetra sería el único en atenderme. Podía escucharlo en la sala de partos a través del vestíbulo aconsejando a mi compañera de sala que ya estaba lista para dar a luz. Sentía mucho dolor. Nadie, sino mi médico podría darme anestesia, pero él estaba bastante ocupado. La poquita paciencia que tenía se desvaneció al aumentar los dolores. Cuando escuché su amable voz ayudando a la otra mujer, me enojé cada vez más y comencé a gritar que viniera a ayudarme… ¡ahora mismo! Cómo podía atreverse a ignorarme, cuando yo estaba sintiendo más dolor que cualquier ser humano podría soportar. Honestamente, pensaba que no podría soportar un sólo dolor más y que habría hecho cualquier cosa por liberarme de ese sufrimiento -todo, excepto no tener ese bebé, por supuesto. Mi meta era ser madre y nada podría detenerme para lograrlo.

Ahora, cuando trato de explicarle a mi hijo Scott cuánto lo amo, a veces le digo: “Tú vales cada uno de mis dolores.” Algún día, cuando estemos en el cielo, Cristo se sentará bajo un árbol frutal junto a mí y, en vez de condolerse por el sacrificio que hizo por mí, por las gotas de sangre que derramó y por el dolor y la angustia que padeció por mí, me abrazará muy junto a su corazón y me dirá: “Dee, Tú vales cada uno de mis dolores.”

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Por Dee Reed. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL, © 2002.


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