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Volviendo al Hogar
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Fotografía: Matthias Gelinski
El verano siguiente a mi cumpleaños número 10, nuestra familia realizó su primer viaje de un sólo tramo a Disneylandia. Vivíamos hacia el norte, en Stockton, California, y en aquellos tiempos uno tenía que viajar por la carretera 99 para llegar a Los Angeles. Recuerdo muy bien el viaje de todo un día, guiando aquellas “camionetas grandes” a través de cada pueblito del valle central de California. Cuando llegamos a Anaheim, las estrellas brillaban en el cielo (usted las podía ver en aquel tiempo).

Los tres niños que íbamos en el grupo estábamos tan entusiasmados que apenas podíamos dormir. Pero la mañana siguiente nos encontró parados tempranito junto a la puerta principal del parque de entretenciones que tanto deseábamos ver.

El día comenzó bastante bien, hasta que mi hermano y yo lanzamos nuestros algodones de azúcar en las tacitas de té giratorias. Nuestra familia apenas se había recuperado de ese contratiempo, cuando sucedió lo inconcebible. Mi hermanita se había perdido en Frontierland. Ninguno de nosotros la vio desaparecer. Parecía como si recién hubiésemos estado con ella, y ahora no estaba.

Estoy segura que mis padres estaban acongojados, ya que mi hermanita sólo tenía tres años de edad. Nuestras vacaciones se interrumpieron y se convirtieron en gemidos mientras informábamos de la pérdida, esperando momento tras momento, hasta que fuera encontrada. Mis padres estaban petrificados ante la posibilidad de que pudiera haberse caído a una de las lagunas del parque.

Lo Perdido es Encontrado

Finalmente, después de una o dos horas, un policía de uniforme azul oscuro apareció caminando de la mano de mi hermanita. Sólo puedo imaginar el alivio y la alegría que habrían sentido mis padres en aquel momento. Su pequeña hijita, ¡había sido encontrada!

Ahora, que también soy madre, puedo identificarme con la gama de emociones que mis padres deben haber experimentado aquel día, desde agonizar de pena y temor, a sentir una felicidad y un alivio increíbles.

De algún modo, presiento que Dios debe haber experimentado esa misma clase de emociones un millón de veces. Porque cada uno de nosotros somos hijos del Creador. Sin embargo, el Señor nos ama en forma individual, como si fuéramos su único hijo.

Cómo debe dolerle y apenar al Todopoderoso cada vez que nos alejamos y nos perdemos, ya que significamos mucho para El. Cómo desea que volvamos al hogar. Pero nunca nos obliga a hacerlo; nuestro Dios espera pacientemente, experimentando aquel momento de espera agonizante hasta que volvemos a El.

Este anhelo y desesperación se convierte en alegría indescriptible cuando finalmente decidimos regresar. ¿No es hora ya, de volver a casa?

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Por Kathy A Lewis. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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