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Nuestra Ultima Discusión
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Fotografía: Miguel Ugalde
No mucho después que nos casamos, mi esposa Sue y yo tuvimos una terrible discusión. Providencialmente, lo que podría haber destruido nuestro matrimonio, terminó reforzándolo.

Sue y yo nos alistábamos para asistir a una fiesta de la iglesia que habíamos estado esperando por largo tiempo. Abrí la llave del agua de la tina y fui al dormitorio para buscar ropa limpia. Mientras hacía eso, mi querida mujercita decidió hacerme una broma. Se metió al baño, cerró la puerta con seguro y se metió a la tina que había preparado para mí.

Cuando Sue se terminó de bañar, entró al dormitorio para vestirse y yo me dirigí al baño. Para mi sorpresa, descubrí que Sue no había desaguado la tina. Le sugerí que lo hiciera, que siendo que se había bañado en mi agua, debía vaciar la tina y llenarla con agua limpia. Sue estaba de buen humor. Se rió como bobita y luego me dijo: “Ah, pero si yo no estaba tan sucia. Báñate en la misma agua.”

No encontré divertida su observación y respondí con brusquedad y en tono exigente: “Ni lo pienses. Ven aquí y lléname la tina con agua limpia.”

Sue sonrió y comenzó a molestarme: “Pero si yo no estaba demasiado sucia. Anda y utiliza el agua donde me bañé.”

Sin realmente querer amenazarla, le dije: “Si no vienes acá y llenas la tina de agua limpia, te tiraré dentro de ella, con ropa y todo.”

La sonrisa de Sue se esfumó, diciéndome: “Tú no te atreverías a hacer éso… ¿o sí?

Presintiendo que estaba siendo desafiado, volví a exponerle lo que ahora llegó a ser una amenaza: “Si no llenas la tina con agua limpia, lo haré. ¡Te tiraré en ella con ropa y todo!”

Impactada y levantando la voz, me dijo: “¡No te atreverás a hacerlo!”

“¡Yo no bromeo!”, grité dirigiéndome a ella, alzándola en el aire y llevándola al baño.

Mientras la sostenía sobre la bañera, pensé: “Amo a esta querida dama y realmente no deseo dejarla caer en esta agua.” Buscando una salida sin dañar mi orgullo, le pedí una vez más que llenara la tina con agua limpia.

Fuera de Control

Me miró directamente a los ojos y en forma desafiante, me dijo: “¡No lo haré!”

Entonces hice algo muy tonto. La dejé caer en la tina, con ropa y todo.

Sue salió de allí, empapada y enojada.

Luego le dije cosas que no debería haberle dicho y Sue se aisló. No me habló por cuatro días. Tampoco cocinó ni limpió la casa. Mi egoísmo y mal genio, ¡casi me cuestan el matrimonio!

Este incidente sucedió hace más de 35 años. Fue nuestra última discusión. Escogimos no hacerlo nuevamente.

No me malentienda. Nuestras opiniones a veces difieren, pero no discutimos acerca de ellas. Tenemos una mejor manera. Hemos aprendido a hacer concesiones mutuas, a ser considerados, pacientes, amorosos, tiernos y gentiles, el uno con el otro. También hemos aprendido a ceder. Nos amamos tanto, que no deseamos herirnos. De modo que nos disciplinamos para hacer y decir sólo aquellas cosas que construirán la estima propia del otro.

Hemos aprendido que los esposos pueden evitar discusiones a través de:

1. amarse lo suficiente como para sacrificarse por el otro

2. aprender a discutir sobre las diferencias en forma calmada (¡Sin gritar!)

3. aprender a ceder

4. aprender a ser desinteresado (usted no siempre tiene que tener la razón o hacerlo todo a su manera)

5. pedirle a Dios que los ayude (nosotros lo hacemos, y El nos ayuda)

Treinta y cinco años sin una discusión o pelea. ¡Es una excelente forma de vivir!

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Por Joe Seay. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times, Abril 2006. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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