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No Hiera a los Niños
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Foto: Anissa Thompson
Cuando Lisa y yo nos casamos y su pequeña hija entró en mi vida, mi propia madre, en esencia, perdió todo interés en mí. Kami lo era todo. Kami era la princesa. Kami era el centro del universo. Manejábamos hasta el hogar de la Abuela, quien salía precipitadamente por la vía de entrada de su casa como una locomotora a flete. “¡Kami! ¡Kami!” Besos, besos, besos, besos. Poseía una técnica que llamó “máquina-de-besar” y la perfeccionó en Kami. Después de utilizarla, tal vez, durante cinco minutos, se volvía hacia mí y me decía: “Ah, hola, David.” “Hola.” “Gracias por traer a Kami hasta acá. Pueden irse ahora.” “Sí, mamy.”

Pero cuando pasamos el día de Acción de Gracias utilizando la máquina-de-besar con mi nietecita, tuve un momento de lucidez en el cual le dije a Lisa: “Querida, acabo de agradecerle a Dios que en Su gracia y providencia nunca he debido luchar con mi ADN que indica cuando un hombre es un abusador infantil. He tenido dos hijas; las he bañado. Las he tenido en mi regazo. He abrazado cariñosamente a los niños de la iglesia y alabo a mi Señor que puedo hacer todas esas cosas con manos santas.

Es muy cierto que existen hombres a los cuales les encantaría herir a nuestros niños. Molestarlos, tocarlos, hacerles cosquillas, contarles historias tentadoras… y luego, utilizarlos. Hay personas malas que les gustaría ver a mi preciosa Kira en un ataúd blanco. Existen pedófilos cuyo campo de batalla son los parques y el cementerio.

Cuando la gente buena se encuentra con ese tipo de pecado, es normal enojarse. No digo que debemos organizar fuerzas armadas, pero podemos orar por las fuerzas armadas y darles mapas de carreteras y termos con café caliente.

Tenga Cuidado

En Mateo 18, Jesús toma a un niño pequeño y, en esencia, dice lo siguiente: “Si usted se involucra con este tesoro, si hiere a este niño -sexual, física o moralmente- ¿sabe qué? Hágase un favor y ahóguese usted mismo. Busque una roca y ahóguese.”

En el mundo mágico de Narnia, Lucy pone al tanto de los acontecimientos a un Fauno quien, sorpresivamente, se pone a llorar por la congoja. “Querido señor Tumnus, ¿por qué está llorando? ¿Cuál puede ser la causa de su llanto?” Y él le hace una profunda confesión: “Lloro porque soy un Fauno malo. Estoy bajo el castigo de la Bruja Blanca.”

Descubrimos que este enemigo diabólico desea destruir. El señor Tumnus, con mucha verguenza, admite que su labor es calmar a los pequeños antes de que se duerman y luego llevárselos a la malvada reina. “Tengo órdenes de la Bruja Blanca que si veo a un Hijo de Adán o a una Hija de Eva caminar por el bosque, debo atraparlos y llevarlos donde está ella.”

Usted y yo estamos rodeados de enemigos por el bosque cuyo anhelo es tomar cautivos a nuestros niños y causar su destrucción. El señor Tumnus baja su voz, cuando le dice a Lucy: “Incluso, algunos de los árboles están de su lado.” Puedo contarle que el pastor David -y los niños de nuestro reino- mantendrán sus ojos bien abiertos y permanecerán muy cerca de Aslan, el León de Judá.

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Por David Smith. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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