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Del Otro Lado de la Cerca
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Fotografía: Jeremy Menking
Crecí en una granja en el norte de Minnesota, en una comunidad donde nos llevábamos muy bien con nuestros vecinos. Eso sí, con una excepción. Nuestros pastizales bordeaban la propiedad de un vecino que llamaré Alfred.

Teníamos buenas cercas, pero incluso las mejores pueden hacer que el ganado sienta debilidad por el pasto más verde que está del otro lado. Alfred tenía una plantación de maíz que parte de nuestro ganado sentía que debía comer porque era demasiado bueno para rechazarlo. Nuestro ganado traspasaba la cerca a cualquier costo. Decir que tenían un banquete con la plantación de maíz del vecino, sería subestimarlo.

Nos tomó un buen rato, pero con la ayuda de otros vecinos pudimos lograr que las vacas volvieran a nuestro lado de la cerca.

“Esto va a tener un costo, Joe”, le dijo Alfred a mi padre, algo inciertamente. “Sus vacas causaron mucho daño a mi plantación de maíz.”

“¿Cuánto le debemos?”, preguntó mi padre.

“No he sacado cuentas, todavía. Cuando lo haga, le enviaré una factura.”

Mi padre movió la cabeza. Estaba perplejo y sin palabras. Pero cuando llegó la cuenta, le dije: “¡No es posible! ¡El te está cobrando demasiado dinero por su maíz!”

Mi padre se encogió de hombros: “¿Qué opción tenemos? ¿Llevarlo a los tribunales? No es bueno que eso ocurra entre vecinos.”

El siguiente año estuvo muy seco. En los terrenos de Alfred no había estanque; así que tuvo que darle de beber a su ganado sacando agua de un pozo. Nosotros teníamos un pozo para el ganado, pero también teníamos varios estanques. La tierra que rodeaba los estanques estaba húmeda, de manera que la hierba crecía verde.

Una mañana de verano, las vacas de Alfred parecieron pensar que el césped estaba más verde en este lado de la cerca. Las vacas de Alfred estaban pastando en nuestro terreno. Al principio, me enojé. Pero luego pensé… “Ajá, ahora el zapato está en el otro pie.”

Compartiendo Pastizales

“Cuánto le debo?”, pregúntó Alfred, tímidamente. “Hablaremos de ello más tarde”, le contestó mi padre. “Primero hagamos que estas vacas crucen al otro lado.”

Cuando volvimos a nuestro hogar, le pregunté con ansias a mi padre cuánto le cobraría a Alfred por aquel pequeño incidente.

Mi padre contestó: “¿Por qué? No le cobraremos ni un centavo.”

Carraspeé: “¡Estás bromeando, papá!

“Todo lo que hicieron fue comer un poquito de heno”, dijo mi padre.

“¡Pero el año pasado él nos cobró demasiado por el daño de la plantación de maíz!”, protesté.

“Eso está en el pasado,” dijo mi padre. “Sé que Alfred no tiene mucho dinero. De hecho, tengo una idea que prevendrá que ocurra algo así de nuevo.”

Su razonamiento fue el siguiente: “Compartiremos el pastizal. Siempre es una buena idea rotarlo, cuando se puede”, dijo. “A comienzos del verano, antes de que se ponga muy seco, podemos llevar a nuestro ganado a las tierras de Alfred. Cuando esté seco, sus vacas pueden venir a pastar donde están nuestros estanques.” Después de conversarlo con Alfred, pusimos una verja entre nuestras propiedades.

Pronto me di cuenta de la sabiduría que había en la idea de mi padre. Las cercas son necesarias en una granja. Ellas separan lo que debe estar separado. Pero las verjas o portones conectan -a los pastizales y a las personas.

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Por Tom Kovach. Estractos reimpresos con el permiso de Señales de los Tiempos, Abril 2005. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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