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Dos Veces Robado
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Fotografía: Gaston Thauvin
Nancy lloró mientras desembalábamos nuestros enseres. Estallé en cólera. Apenas nos habíamos mudado cuando descubrimos una docena de artículos rotos dispersos por las cajas: la cruz ornamentada de cerámica que un amigo nos regaló hace algunos años, la pintura enmarcada de Jesús, una miniatura de madera, una caja de joyas de cobre que guardaba una Biblia en miniatura. Descubrimos, también, que la colección de monedas de oro había desaparecido junto a más de doscientos discos compactos.

El daño parecía haber sido deliberado. Ninguno de los artículos rotos había sido envuelto en papel protector. Los de la mudanza simplemente los tiraron junto a otros artículos, sin envolver como los libros y las cacerolas -casi como si hubieran deseado que se rompieran.

“No es justo,” dijo Nancy mientras cenábamos aquella noche. Sabía cómo se sentía. Somos una familia de militares y nos hemos mudado a través del país en siete ocasiones durante diecisiete años. Hemos dejado a la familia y nos hemos despedido de nuestros amigos de la iglesia sabiendo que pueden pasar años -tal vez- antes de que nos veamos nuevamente. Pero hacemos este sacrificio porque amamos a nuestro país y deseamos hacer lo que podamos para protegerlo. Por eso duele más cuando las personas a quienes servimos, nos hacen lo que nos hicieron.

Dos meses más tarde, mientras me encontraba mirando unos CD's en una tienda local de música, me fijé en uno que habíamos comprado antes de la mudanza. Cuando vi la carátula, un deseo de venganza se despertó en mí. Tal vez podría contactar a las personas que contrataron a esa compañía de mudanzas y lograr que perdieran su contrato con el ejército por emplear a sinverguenzas.

Doble Proceso

Pero apenas había estallado mi ira, se congeló con un nuevo pensamiento que cruzó por mi mente: aquellos hombres te robaron una vez. ¿Por qué permitiste que te robaran por segunda vez?

Sabía exactamente quién me hacía esa pregunta y lo que El quería decir. Un cambio sutil y casi imperceptible había ocurrido en mí después de nuestra mudanza. El placer que una vez había sentido al leer la Biblia, casi se había desvanecido. Mis oraciones se habían vuelto superficiales y rutinarias y se me hacía difícil concentrarme durante los sermones del pastor. La ira que sentía me había robado algo mucho más valioso que lo que nos robaron los de la compañía de mundanzas.

Aquel era uno de esos momentos en que uno dice: “¡Ajá”! La luz se hizo en mi mente, abriéndose paso entre la confusión. Dios me estaba diciendo que en unas pocas semanas yo me había convertido en el ejemplo número uno de Su advertencia acerca de no permitir que las raíces de la amargura inundaran la vida.

El perdón nunca ha sido fácil para mí. Pero en ese momento me di cuenta que mi disposición para perdonar era crucial para mi desarrollo espiritual. Si Jesús perdonó a quienes lo crucificaron, ¿puedo, yo, hacer menos cuando alguien me roba?

Perdonar me liberó para estar en paz con Dios. Me liberó para escucharlo, para andar con El y para imitarlo. Incluso, al escribir estas palabras, no estoy muy seguro de haber perdonado a aquellas personas. Tal vez me engañaría a mí mismo al pensar que los he perdonado cuando en realidad simplemente he escogido no sentir rencor.

Admito que no es lo mismo que perdonar, pero es un paso en la dirección correcta. Y oro para que mi abilidad de perdonar sea el próximo paso en el viaje que me haga más parecido a Cristo.

Haber sido robado una vez es suficientemente malo. No deseo ser robado por segunda vez.

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Por Richard Maffeo. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times (Señales de los Tiempos) Septiembre 2005. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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