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¿Qué dice un Nombre?
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Fotografía: Hemera
“¿Qué dice un nombre? Si llamamos rosa a cualquier otra flor, debería tener el mismo aroma.” William Shakespeare


No quiero faltarle el respeto a Shakespeare, pero pienso que nuestros nombres dicen mucho. Ahora que soy abuela, he observado a mis hijos atravesar por la angustia de escoger el nombre correcto para cada bebé. Recuerdo haber hecho lo mismo. Desde luego, yo no quería que ellos crecieran aborreciendo su nombre o que tuviera un significado negativo.

A menudo, me he preguntado en qué pensaban mis padres cuando escogieron mi nombre. La guerra que rodea mi nombre comenzó hace 58 años, en una pequeña granja de Virginia. Mis padres estaban tan entusiasmados y orgullosos de dar a luz a una niña, que escogieron cuidadosamente un nombre para ese montoncito de alegría que era Dixie Dolores. Decidieron ponerme Dolores, también, ya que Dixie era el nombre de mi madre. ¡Dolores! Mis primeros recuerdos de haber sido llamada Dolores, son negativos. No me gustaba mi nombre. Entonces, empecé a advertir que algunas personas lo pronunciaban bien -la forma correcta de decirlo en español. Por supuesto, cuando aprendí que la raíz de la palabra en español significaba “dolor”, añadió más insulto sobre la injuria.

Afortunadamente, para mí, observando el conflicto que rodeaba a mi nombre, mi abuelo comenzó a llamarme… Dee. Dee. Me gustó y pensé que me quedaba muy bien. Lo sentía mío. Era sencillo, corto y raramente lo pronunciaban mal. Los primeros días del año escolar, eran verdaderas pesadillas debido a que cuando los maestros leían los nombres de los alumnos, siempre me llamaron “Dixie Dolores Litten.” Tuve que pedir que cambiaran mi nombre en la lista escolar. ¿Por qué mis maestros no escogían sólo unos pocos nombres de la lista?

Mi exasperación volvió a obsesionarme años más tarde cuando comencé a dirigir el coro infantil. La lista de coro más difícil contenía los nombres de Chiasha, Cherisa y Cherise, y yo nunca podía pronunciarlos correctamente. Muy pronto les enseñé que no importaba cómo dijera sus nombres, si las miraba, era mejor que me contestaran.

Los nombres tomaron una nueva importancia cuando comenzaron las citas. Muchas páginas de mi cuaderno fueron llenadas cuidadosamente con apellidos que acompañaran el nombre Dee: Jackson, Blackburn, Boehm, Davis, Tucker, Quimby, Melnick y Carreño. Finalmente, sucedió, y luego de un intenso cortejo, estuve de acuerdo en tener un nuevo apellido. Me llamaría Dee Reed; en realidad, Dixie Dolores Reed, pero prefería no darle vueltas al asunto.

Cambiando Nombres

Mi nuevo nombre era fácil de escribir, imposible pronunciarlo mal y con la peculiar característica de que es un palíndromo; es decir, dígase como se diga -hacia la izquierda o hacia la derecha- es el mismo: DEEREED. Tener un nuevo nombre fue divertido por un tiempo, pero me di cuenta que mi correspondencia estaba dirigida hacia alguien que no conocía muy bien: Señora Lawrence Reed. Había perdido mi nombre y mi apellido. Ya no diría mi nombre y las personas querrían saber quién era mi padre, mis hermanos o mi abuelo. ¿Cómo sabría alguien quién era yo con este nombre nuevo? La maternidad vino luego y aunque estaba entusiasmada con ser mamá de Joelle y luego, tres años más tarde, de Scott, mi esposo comenzó a llamarme “mamy”, algo que rápidamente aprendió a no hacer más. Mientras mis hijos crecían y hacía de chofer llevándolos a todos lados, me convertí en la madre de Joelle y de Scott. ¿Dónde había quedado Dee Reed? ¿Dónde estaba ella? En eso radicaba el problema. Carecía de la confianza que otorga el saber que no importa cómo me llamaran, yo seguía siendo una valiosa hija de Dios.

Tal vez Shakespeare tenía razón. En vez de preguntarme si sería reconocida por mis antiguos compañeros de clase, por los amigos de mis hermanos o por los colaboradores de mi padre, necesitaba descansar en la promesa de que nunca sería olvidada ni dejada a un lado por mi Salvador. 1 Juan 3 lo pone en la perspectiva correcta: “¡Miren! Dios el Padre nos ama tanto que la gente nos llama hijos de Dios, y la verdad es que lo somos. Por eso los pecadores de este mundo no nos conocen, porque tampoco han conocido a Dios” (TLA). Una hija de Dios. Eso es precisamente lo que soy y toda la preocupación acerca de cómo me llame usted (si es que me llama), no tiene ninguna importancia para mí.

No sólo eso, no importa cuánto hayamos utilizado nuestro nombre, usted y yo tendremos uno completamente nuevo: “Al que salga vencedor le daré del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe” (Apocalipsis 2:17 NVI).

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Por Dee Reed. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002 y NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 2002.


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