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Por el más Pequeño…
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Fotografia: Alberto Perazzo
Era una de esas cálidas y soleadas mañanas del sur de Oregón cuando nos reunimos en la iglesia para el culto de las 11. Sucedió al principio de los años 60, de manera que todos estábamos con nuestras mejores ropas, incluyéndome a mí que vestía mi traje nuevo a la moda.

Mi esposa estaba saludando en la entrada principal cuando llegó Don. Con toda seguridad, lucía fuera de lugar, y él lo sabía. Con su largo y despeinado cabello y su ropa descuidada, parecía como si recién se hubiese levantado de la cama. Como yo era el director de jóvenes de la iglesia, mi esposa lo había invitado para presentármelo. Más tarde me enteré que él le había dicho que esa era la sexta iglesia que visitaba, –y que no se había sentido acogido por ninguna. Nuestra iglesia sería su última oportunidad. Si no funcionaba, habría terminado con Dios y con los cristianos.

Recuerdo haberle estrechado la mano en una cálida bienvenida. Pero alguien me distrajo por un momento y cuando volví la cabeza nuevamente, Don ya no estaba. Lo busqué en el templo y allí lo encontré sentado en la primera fila, sin nadie cerca suyo. Supe que debía hacer algo. Creo que el Espíritu Santo me impulsó a quitarme el saco y la corbata. Caminé por el pasillo central y me senté a su lado. Cuando terminó el servicio, lo invité a almorzar a mi casa. Estaba feliz con la invitación y viajó con nuestra familia hasta el hogar. Sentí gratitud hacia una esposa que supo discernir que Dios estaba tramando algo, y que nosotros seríamos parte de aquello.

Amistosa Conversación

Teníamos tres adolescentes en nuestra familia y ellos también se involucraron en aquella amistosa conversación. El grupo juvenil se iba a reunir en nuestro hogar aquella noche, y nuestros hijos convencieron a Don para que él también estuviera presente.

Don participó con nosotros esa noche, y pronto comenzaron a haber cambios. Había encontrado a las personas que realmente se preocupaban por él. Vio a Jesús en nuestro grupo juvenil y sabía que ellos tenían algo que había estado buscando toda su vida. Uno de los jóvenes de más edad invitó a Don a vivir con él hasta que pudo encontrar un trabajo. Se convirtió en uno de nuestros miembros más fieles del grupo juvenil. Más tarde, Don fue bautizado y llegó a ser un miembro más en nuestra familia congregacional que lo abrazó como a uno de los suyos. Al mirar hacia atrás, veo la providencia de Dios obrando en la vida de un alma perdida en busca de amor y aceptación. Tal vez algún otro Don entre por la puerta de tu iglesia esta semana.

“Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40).

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Por David Snyder. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ®.


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