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Antes que Me Llamen
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Fotografia: Studiomill
Mi amiga Virginia creció en un pueblo minero de West Virginia. Ella me mostró cabañas raídas a lo largo de un estrecho camino excavado en la ladera de una montaña. “El camino y una vía ferroviaria para transportar el carbón era todo lo que teníamos. Eso y una iglesia, una escuela, unas pocas tiendas y una farmacia que vendía helados.” Qué ganas tenía ella de una vida más glamorosa. Sus únicas comodidades eran su familia y sus amigos.

Se casó con un minero del carbón, crió una familia –aún deseando tener una “buena vida.” Los hijos crecieron y se mudaron lejos del hogar. Su marido murió de una enfermedad al pulmón típica de quienes trabajan en la minería. Al empeorar su salud, alguien le avisó a su hijo. La llevó a vivir con él, pero se dio cuenta que ella necesitaba muchos más cuidados de los que él podía ofrecerle.

Aunque ella misma lo ayudó a elegir un asilo de ancianos donde ir, lo detestaba. Sentía enojo hacia su marido por dejarla sola, y también con Dios, por permitir que todo eso sucediera. Su único consuelo era recibir la correspondencia de viejos amigos y familiares.

Un día, revisando su calendario, anotó los cumpleaños de cinco familiares y amigos que se celebrarían durante ese mes. No tenía tarjetas, ni forma de poder comprarlas. Sintió que esa era la prueba definitiva del abandono de Dios. Enojada y deprimida, gritó: “Dios, ¿es que acaso no te importa? Aquí estoy en este lugar necesitando cinco tarjetas de cumpleaños, ¡y ni siquiera puedo conseguir éso!”

Al día siguiente, aún desanimada, regresó de almorzar en el comedor y se encontró con un gran sobre de una señora de quien no había sabido por más de 10 años. La mujer había visitado a una amiga de ambas que le contó que ella estaba en un asilo de Virginia, y le dio la dirección. “Pensé que tal vez tú podrías utilizarlas,” escribió.

Sentí un Escalofrío por la Espalda

Junto con la carta había cinco tarjetas de cumpleaños y un librito con sellos postales. “Sentí un escalofrío por la espalda,” me contó Virginia, “sobre todo cuando revisé la estampilla y vi que había sido enviado por correo cinco días antes –¡antes de que yo misma supiera que las necesitaría!”

Mi amiga aceptó el incidente como prueba fehaciente de que Dios no la había abandonado ni estaba en contra suya. Él utilizó aquello que ella creyó tan pequeño como para pedir la ayuda y le demostró que al Creador y Señor del Universo le importa y entiende los deseos y necesidades más profundos de nuestros corazones.

Ese incidente no le quitó a Virginia toda su soledad ni resolvió sus problemas físicos. Pero la ayudó a aceptar de mejor forma su situación al darse cuenta de que Dios conoce sus necesidades y deseos incluso antes de que ella misma los reconozca.

“Antes que me llamen, yo les responderé; todavía estarán hablando cuando ya los habré escuchado” (Isaiah 65:24).

La escritora cristiana Elena G. de White, aconseja: “Lleve sus necesidades, alegrías, tristezas, cuidados y temores ante Dios. Él no se cansará ni se agobiará. Quien ha contado los cabellos de nuestra cabeza no es indiferente a las necesidades de sus hijos” (El Camino a Cristo, p. 100).

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Por Lois Pecce. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL ®.


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