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Camino a Jericó
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Fotografia: Dreamstime
Lo conocí en un asilo de ancianos donde mi familia y yo dirigíamos servicios religiosos. Enojado y herido, él arremetía contra el mundo –y contra mí. La pérdida de empleo, los discos de su columna vertebral inflamados, el AY-OH en el hospital cuando las inyecciones de esteroides no hacían bien. Lo llevaron al asilo de ancianos a altas horas de la noche, lo acostaron en una cama y cerraron la puerta. A pesar de sus gemidos en la oscuridad durante el día y la noche siguientes, nadie abrió esa puerta hasta las 10 am de la segunda mañana. Le llevaron un plato de avena, un poco de jugo de naranja y una taza de puré de manzana. “Come, vé a la recepción y paga la factura por estos primeros dos días.”

Parece que como sociedad hemos sido criados para ignorar al caído, como si todas las desgracias y aflicciones de sus vidas fueran planeadas y diseñadas por ellos mismos. Por cada persona mentalmente enferma o atrapada por las drogas y el alcohol, hay decenas más que han perdido sus hogares y sustento debido a una enfermedad, a la pérdida del trabajo o, simplemente, a la mala suerte.

“No se puede salvar a todos,” me dice la gente, “así que no se estrese con éste.” No, ¡no puedo salvarlos a todos! Pero creo que Dios quiere que hagamos todo lo posible para aliviar el sufrimiento de los demás. Nadie quería a este hombre cuando estaba en el suelo. Sus amigos, tan dispuestos a compartir su suerte cuando las cosas iban bien, le fallaron rápidamente.

La Biblia dice que siempre vamos a tener pobres entre nosotros, pero no dice que hay que ignorarlos o tratarlos como si no existieran. “Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y en mantenerse limpio de la maldad de este mundo” (Santiago 1:27).

Vislumbro al hombre en la historia del camino a Jericó comparándolo con el joven extranjero que ha traído tanta alegría a nuestras vidas al ser testigos de su encuentro con Jesús y verlo crecer no sólo en fuerza física, sino en fuerza y salud espiritual en Cristo Jesús. ¿Qué habría sucedido si yo –también–, hubiese mirado hacia otro lado dejándolo allí porque no tenía la capacidad de arreglarlo todo?

Camino a Jericó/Cualquier Esquina

Te vi,
acostado allí, dejado a un lado como basura;
abandonado, herido.
Todo lo que tenías se fue,
excepto tu vida –aferrada a ti.

Pasaron otros –vi sus apresuradas huellas
por la vereda del frente –lejos de ti.
Un hombre despojado de sus posesiones.
¿Qué pasaría si les pidieras un poco de lo que ellos tienen?

¿Qué pasaría si les pidieras agua o un bocado de su comida?
No arriesgarían su tiempo,
el estigma, los medios para ayudar.
No se atreverían a preocuparse.
¿Y yo?
Yo miré y vi.
Vi a mi padre, a mi hermano, a mi hijo.
Una vez fuiste el tesoro de tu madre.
El hijo de algún padre.

Entendí el riesgo.
Sabía que el precio era inmenso,
aún antes de que siquiera me vieras
yo ya te había llamado:
Hermano, Amigo.

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Por Lois Pecce Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA CONTEMPORÁNEA ©.


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