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Sea Sus Manos y Sus Pies
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Fotografía: Studiomill
“¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!” (Romanos 10:15).

Las maldiciones y gritos penetraron a través de la puerta cerrada, resonando por el pasillo y haciéndome dudar de mis intenciones. ¿Debo visitar a Etelle o no? “Ve,” me instó una voz interior. “Golpea y espera a ver qué sucede.”

Lo hice. Un hombre abrió la puerta y me presenté como amiga de su hijo. Al ver que otras tres personas se reunían en la esquina de la habitación, le expliqué que sólo quería saludar a la madre de mi amigo, pero que con mucho gusto vendría en un momento más oportuno. “¡No!” Exclamaron al unísono. “Quédese, por favor!” Parecían aliviados de que alguien más pudiera ser receptor de la ira de la paciente.

Me acerqué a la cama con cautela. Estelle me había visto una vez brevemente, cuando su hijo había pasado por la sala donde nos encontrábamos celebrando un servicio religioso. Él me presentó a su madre y la llevó enseguida de regreso a su cuarto. La gravedad de su enfermedad me convenció de que no me recordaría. No obstante, se consideró importante que yo orara por ella. Su apariencia era como la de una mujer salvaje con los ojos encendidos de ira y el cabello alborotado. Capté una maldición en su expresión cuando se volvió para mirarme. Quería huir, no estar presente en esa pesadilla. Pero me mantuve firme y oré en silencio para que el Señor estuviera conmigo y pudiera glorificar Su nombre en esa habitación donde las blasfemias pesaban en el aire.

¿Quién pensabas tú que era yo?

Sucedió algo increíble. Exclamando: “¡He estado esperándote! Estoy tan contenta de que hayas venido,” Estelle levantó los brazos para darme la bienvenida y, repentinamente, su expresión se volvió suave y tierna. Me pregunté quién pensaría ella que era yo, pero me convencí de que eso no era importante. Dios me estaba dando una oportunidad para ministrar. Hablamos unos minutos y ella me pidió que oráramos juntas. Tomé su mano mientras lo hacíamos y sentí la paz de Dios caer sobre ella.

No fue el fin de las batallas de esa señora. Nos hicimos muy amigas en los meses que siguieron, orando juntas a menudo, cantando, compartiendo risas y lágrimas. Vi que Cristo llegó a ser su amigo más cercano, aprendí lecciones de parte de ella acerca de la fe y la confianza, y fui testigo de la refinación delicada en su hablar y en su carácter.

Un día, le pregunté: “¿Te acuerdas de la primera vez que vine a tu habitación y me dijiste que me estabas esperando? ¿Quién pensabas tú que era yo?”

“No importaba quién eras tú. Yo había orado que Dios enviara a alguien que me ayudara,” respondió ella. “Yo no te conocía. Pero inmediatamente supe que eras la persona que Él había enviado.”

¿Qué hubiera pasado si yo no la visito? ¿Y si no hubiera seguido visitándola?

En el nombre de Cristo se nos ha dado la oportunidad sagrada y el privilegio de ministrar a una numerosa familia que está clamando por ayuda –para ser Sus manos, Sus pies y Sus labios.

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Por Lois Pecce. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL ®.


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