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Semillas Muertas
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Fotografia: Dreamstime
Hoy trabajamos en el jardín. Mi esposa sacó las bolsas de semillas y un frasco grande donde tenía más. Las dispuso todas sobre la mesa de nuestra cocina y decidió, junto con nuestros hijos (de 15 y 17 años) qué plantaríamos. Debido al clima, se obtiene mejores resultados con algunas siembras que con otras. Sentimos algo de emoción en el aire en ese día de finales de mayo. Nuestra hija mayor nos visitó con nuestros dos nietos, que también nos ayudaron en el jardín.

Cuando nuestros hijos eran pequeños y por primera vez nos ayudaron a plantar nuestro jardín, recordé la mirada inquisitiva en sus rostros cuando abríamos los paquetes de semillas y echaba unas pocas en sus manitos para que las sembraran en la tierra. Algunas semillas –como el maíz–, eran familiares para ellos, pero otras lucían… ¡como muertas! Las semillas de las judías verdes no se veían tan arrugadas y secas, pero las de remolacha parecían haber estado desde cuando las pirámides egipcias fueron construídas.

Sin embargo, en el corazón de la más patética de las semillas, existe vida. Oculta en su interior, bajo una corteza dura, está el principio de la raíz, del tallo y de las hojas. Las apariencias engañan, especialmente con las semillas. Lo que parece inservible tiene el poder de multiplicarse más allá de todos los planes estratégicos de las compañías Fortune 500.

Ganamos Perdiendo

Por otra parte, desde un punto de vista mecánico, parece raro que para proliferar y para aumentar algo, haya que “descartar” semillas perfectamente buenas que podrían utilizarse para la alimentación. Si consumimos todos los frutos secos y nueces, y no dejáramos nada para plantar en la tierra, no habría nuevos cultivos. A través de una maravillosa y extraña ley de la naturaleza, recibimos por descarte. Ganamos perdiendo. 

También sucede así en el mundo espiritual. Jesús dijo una vez: “De cierto, de cierto les digo que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). Pablo también lo explicó así: “No preguntes tonterías. Lo que tú siembras no cobra vida, si antes no muere” (1 Corintios 15:36). Así como Cristo dio su vida para que una fructífera cosecha de personas se salvara y vaya al cielo, así también debemos morir a nuestra forma egoísta de vivir, y humillarnos a nosotros mismos.

Hay una ley con la que podemos contar y que dice así: Cuando usted se da a sí mismo, se salva a sí mismo. Cuando usted sacrifica su forma de ser egoísta, preserva su propia vida. El dar produce vida. Sirviendo a los demás “y deshechando” nuestros intereses y preferencias personales en favor de otras personas, da como resultado el cumplimiento de las palabras de Jesús: “El que ama su vida, la perderá; pero el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna” (Juan 12:25).

¡Usted puede aprender mucho de las semillas muertas!

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Por Curtis Rittenour. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión  REINA-VALERA CONTEMPORÁNEA ®.


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