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Una Amable Recibidora de Regalos
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Foto: Helmut Gevert
Una tradición Navideña en nuestra familia nos permitía abrir un regalo en Nochebuena. Era tan difícil escoger el regalo perfecto que debíamos abrir durante esa ocasión. Queríamos elegir algo divertido, aunque no tanto-la hora de ir a acostarse estaba a la vuelta de la esquina. Era una tentación escoger el regalo más grande, pero no deseábamos estropear la mañana de Navidad sabiendo ya cuál era nuestro mejor regalo. Uno pequeñito era lo ideal, pero tampoco deseábamos malgastar el regalo inaugural de Nochebuena en una mera baratura.

Alana, mi hermana menor y yo, habíamos pasado mucho tiempo observando las brillantes cajas-amontonadas bajo el árbol navideño, sacudiéndolas, apretándolas y oliéndolas, hasta haber estrechado al máximo nuestras elecciones. Luego que nuestros padres nos leían el relato de la Navidad, hacíamos nuestra decisión final y abríamos los regalos.

No recuerdo el regalo que yo abría, pero nunca olvidaré el que Alana escogía.

Voluntariosa como era, Alana había rogado que la dejaran abrir uno de entre dos regalos de los cuales no sabía cuál elegir. Uno era pequeño y compacto, no hacía ruido al moverlo y era un tanto pesado para su tamaño. El otro era más grande y un poco más suave, liviano y tentador. Mamá se mantenía firme, diciéndole, “escoge uno de los dos.”

La Desdichada Recibidora de Regalos

Alana optaba por el regado más grande. Arrancaba su envoltura… descubriendo que era sólo ropa interior. Cómodas y de color crema, dobladas ordenadamente en su envase de plástico, las prendas incitaban a una respuesta sin igual. Su cuerpecito de cinco años de edad se sacudía de cólera, lanzando el regalo sobre la alfombra. “¡No!” Las lágrimas corrían por su carita mientras pateaba y gritaba. La rabieta terminaba junto con la Nochebuena. Nos íbamos a acostar, no sabiendo si Santa aparecería por casa después de la pataleta de Alana.

A la mañana siguiente, cuando Alana abría el segundo regalo-el que había deshechado por el más grande, comprobaba que era el vídeo de Bambi que había solicitado por meses. Estuvo allí todo el tiempo; pero ella había escogido abrir el regalo equivocado.

Así como mi hermana, yo tampoco he sido una amable recibidora de regalos. Oro por algo, recibo otra cosa y me quejo tanto, que no puedo apreciar el obsequio que Dios me ha otorgado. En mi esfuerzo por alcanzar aquellas cosas que son un simple lujo en mi vida, se me hace difícil aceptar los regalos que me benefician. En vez de ello, me enfoco en anhelar sueños que imposibilitan ver la belleza a mi alrededor.

Mis padres no eran intencionalmente crueles con sus regalos. Todo lo contrario; la ropa interior que nos regalaban, era comprada para mantener abrigada a mi hermanita mientras jugaba en la nieve, en el patio de nuestra casa.

Dios, el mejor Padre de todos, se deleita en regalarnos bendiciones maravillosas. El ve más allá del entusiasmo cálido de la Navidad y nos otorga regalos para los días fríos del mañana. La versión Reina-Valera, 1995, dice: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11)

Igualmente, nosotros somos alentados a ser amables en toda circunstancia. Mientras veamos cómo las bendiciones de hoy nos ayudarán a enfrentar las vallas del mañana, podremos estar seguros que Dios tiene el mejor interés en que así sea. Confiando en que Dios sabe distinguir entre los deseos y las necesidades, podremos entregarle nuestros anhelos y aceptar la perfecta recompensa de manos de nuestro Padre celestial.

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Por Lauren Schwarz. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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