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Más que Agua
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Fotografía: Dreamstime
Durante un verano en que yo tenía 10 años de edad, se comenzaron a realizar trabajos de alcantarillado en la calle frente a nuestra casa. Grandes camiones, retroexcavadoras y cargadores anexos empujaban las montañas de escombros por todo el lugar. Como niño, me parecía que aquello era un gigantesco patio de juegos. La suciedad me atría como a un imán. Así que cada día después de clases, cuando los hombres dejaban sus puestos de trabajo, mis hermanos y yo jugábamos en los montones de tierra que había por todas partes. Nos pidieron que nos mantuviéramos alejados de las maquinarias, pero que podíamos jugar en los irresistibles montones de escombros marrón que había junto a la carretera.

Cuando llegaba la hora de la cena mi madre solía llamarnos desde la puerta de entrada: “¡Es hora de entrar! ¡La cena está lista!” Yo corría hacia la casa, abría la puerta y entraba directo a la cocina donde ella me pedía que de inmediato me quitara la ropa y que me diera un baño. “Pero, mamá,” protestaba, “¡si no estoy tan sucio! Además, me bañé anoche.” Mamá ni se movía. Murmurando a mí mismo, dejaba el montón de ropa sucia junto a la puerta de entrada y me metía en la bañera con agua limpia. Mientras me secaba, recuerdo vagamente haberle echado un vistazo al agua que cambiaba de transparente a un color marrón sucio. Pensaba: “Bueno, creo que estaba un poquito sucio.”

Las Manchas del Pecado

Nosotros somos como los niños que salen al mundo cada día y se ensucian. Cuando vayamos al hogar de nuestro Padre necesitamos estar limpios. Sin embargo, como muchos niños a veces protestamos. “¡No necesito limpieza! No estoy tan sucio!” Con demasiada frecuencia nos engañamos a nosotros mismos y no vemos las profundas manchas  del pecado que hay en nuestro ser. Necesitamos algo más que un baño rápido. Necesitamos algo más que agua para lavar nuestros pecados. Necesitamos de un Agente poderoso que nos deje completamente limpios.

La Biblia nos habla de un hombre que no creía en su suciedad. Mire lo que Jesús le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Cuando lleguemos a nuestro hogar celestial qué alegría nos dará saber que nuestro Padre nos ha limpiado para que podamos entrar en él.

Es posible que con un corazón arrepentido sepamos que hemos sido limpios. Se necesita más que agua. Agradezco al Señor que nos ha ofrecido al Espíritu Santo para que nos purifique de toda maldad.

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Por Curtis Rittenour. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA CONTEMPORÁNEA © 2009.


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