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Conságrense a Sí Mismos
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Fotografía: Studiomill
Habían esperado 40 años por ese momento; momento cuando por fin sus vidas podrían seguir adelante y sus sueños de un hogar perdurable podrían cumplirse. La espera fue lo más difícil –esperar que sus amados padres murieran– enterrarlos en un suelo inhóspito de una tierra lejana, esperando la muerte de su líder. Dios había estado tan cerca de él. Algunos de ellos recordaban cómo el rostro de Moisés brilló tan intensamente después de su encuentro con Dios en el monte Sinaí que tuvo que cubrir su cara antes de hablar con el pueblo.

Había mucho que entender sobre la espera. ¿Cómo podría un voto basado en la opinión de la mayoría y la lógica humana lograr resultados tan desastrosos? La generación más joven –aquellos que eran niños esperando lanzar piedrecitas sobre el Mar Rojo, tenían 40 años para aprender de los errores de sus padres. Cuarenta años para aprender de la confianza en un Dios viviente y siempre presente. El Dios vivo –a diferencia de los dioses de madera, piedra o metal que sus padres conocían en Egipto– y que las naciones cercanas adoraban. ¡Cuarenta años deben haberse sentido eternos!

“Espera” es una palabra que se usa muchas veces en la Biblia. El salmista David sabía esperar: “Pon tu esperanza en el Señor; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el Señor!” (Salmos 27:14). A menudo, como cristianos, Dios nos invita a esperar. Cuando estamos a la espera de alguna curación, de un trabajo o de cualquier otra respuesta es difícil ser paciente, seguir confiando, permanecer en la “tienda” en que nos encontramos cuando anhelamos vivir en la Tierra Prometida.

Órdenes de Marcha

Hay una parte clave en la historia de Israel que creo que es importante para nuestra historia, para nuestro viaje. Moisés había muerto. Un nuevo líder estaba en su lugar y Dios le dio la orden de marchar. Pero ante todo, la gente necesitaba estar lista. “¡Preparen provisiones para tres días, para ustedes y vuestras familias, porque cruzaremos el Jordán!”

La multitud se llenó de alegría y de emoción. Entonces vino la palabra, la palabra más importante que se divulgó por todo el campamento: “Purifíquense, porque mañana el Señor va a realizar grandes prodigios entre ustedes” (Josué 3:5). Me imagino a los mensajeros: corriendo, alegres, gritando, yendo de un extremo a otro del campamento para que todos los israelitas pudieran escuchar el mensaje.

El pueblo de Dios de hoy está acampando a la orilla de otro Jordán, esperando, ávidos por escuchar las órdenes de marcha. El llamado del evangelio está viajando tan rápido como la velocidad de la luz y del sonido, circundando el mundo con el mensaje: “Prepárense, conságrense a sí mismos!”

Es nuestra tarea diaria consagrarnos a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros trabajos y a nuestro mundo. ¿Es que no hemos sido, cada uno, llamados como mensajeros? “Mañana/Hoy, el Señor hará grandes cosas por nosotros.”

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Por Lois Pecce. Derechos © 2011 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL © 1999.


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