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Lección de Mi Computador Portátil
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Fotografía: Dreamstime
No hace mucho que tuve una experiencia increíblemente molesta.

Había llevado mi computador portátil Toshiba al taller de reparaciones y ya habían pasado tres, quizá cuatro meses desde entonces. Lo había comprado “restaurado” hacía cuatro años. Entonces, apareció un mensaje en la pantalla que decía que el Explorer de Windows estaba fallando. No había decidido cuánto estaba dispuesto a pagar por repararlo, porque tal vez muy pronto debería comprarme uno nuevo, y temía lo peor.

En un esfuerzo por ahorrar dinero intenté desmontar mi computador yo mismo. Sin embargo, mientras más cosas desatornillaba más me daba cuenta de que probablemente debería dejar que lo hiciera un profesional. Aún con miedo pensando en lo mucho que me iba a costar arreglarlo, dejé tranquilo mi computador mientras intentaba utilizar los otros ordenadores de la escuela.

Finalmente, frustado por el inconveniente de no tener mi computador portátil disponible para trabajar cada vez que lo necesitaba o lo requería, cedí y lo llevé a la tienda.

Varios días más tarde recibí una llamada –mi computador estaba listo para ir a recogerlo. Con un nudo en la garganta y con temor y expectativas, pregunté: “¿Cuánto le debo?”

¿Cuánto le Debo?

El técnico respondió calmadamente: “Cuarenta y siete dólares.”

Podría haber dado un salto de gozo y frustración al mismo tiempo. Había dejado mi computador portátil en la tienda durante cuatro meses, ¡por $47 dólares!

Cuando llegué a la tienda no pude sino preguntar: “¿Cuál era el problema que tenía?”

El técnico se encogió de hombros y dijo: “El disco duro necesitaba ser limpiado y actualizado; nada importante.”

En ese momento Dios me impresionó acerca de lo que había sucedido. Cuán a menudo debo hacer lo mismo con mi vida –intento solucionar mis propios problemas cuando sé que tengo que llevarlos ante Dios. Y, sin embargo, temo que el costo sea demasiado grande. Me preocupa que si le entrego el control de mi vida a Dios luego me pregunte, ¿qué puede pasar?

Lo que realmente necesito es que Dios limpie mi “disco duro”. Ezequiel 36:26 dice que Dios me dará un corazón y un espíritu nuevo dentro de mí, lo que significa que lo necesito a Él cada día. ¿Cuánto costará? Sé lo que va a costar: renunciar a cosas que parezco disfrutar, cosas que sé que no pertenecen a mi vida y que no glorifican a Dios.

Va a requerir que renuncie a mi propia voluntad, para que la voluntad de Dios obre en mi vida. El precio vale la pena.

Cada vez que me rindo a Dios y lo veo obrar en mi vida, me pregunto cómo pude haber sido tan mezquino como para esperar tanto tiempo por algo tan pequeño como $47 dólares. Verdaderamente, ¡el cielo no cuesta tan caro!

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Por Jonathan Geraci. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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