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Él está Allí
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Fotografía: Dreamstime
Mi escritorio está en el quinto piso de un edificio de oficinas a 12 millas al sur del centro de Houston. Está frente a un ventanal del lado norte del edificio. Desde allí se puede apreciar fácilmente la silueta de Houston con sus edificios céntricos en el horizonte. En ciertos días, con la luz adecuada, los edificios resplandecen teñidos de blanco, como si fuera la versión de Augustín, la ciudad luminosa sobre la colina.

Pero en otros días Houston desaparece. Se puede ver el horizonte y el cielo aún azul. Pero por alguna artimaña de ciertas interferencias –humedad o neblina– los edificios se esfuman llegando a hacerse invisibles. Alguien me visitó por primera vez en mi oficina y se admiró que allí hubiera una ciudad. Houston está allí a pesar de la falta de evidencia visual para detectar su presencia. Sólo que usted no la puede ver.

Me ocurre que a menudo la percepción que tengo de Dios parece comportarse de la misma forma. En ciertos días –muchos, para algunos; pocos, para otros–, sentimos como si estuviera muy próximo a nosotros. Él está allí; usted sabe que está allí, tan claramente como vería Houston desde mi escritorio. En otros días, algunas personas sienten que no es posible que Dios esté ahí o, si está, puede que los haya abandonado.  Se fue. Por más que se esfuerce en verlo, Él no está ahí.

Dudando de la Existencia de Dios

A veces es obvio darse cuenta por qué alguien siente que Dios no está. Así como una tormenta puede ocultar a Houston de mi vista, así también puede suceder que durante nuestros malos momentos –incluso los míos– dudemos de la existencia de Dios. Una de las preguntas más comunes que la gente se hace es ¿por qué un Dios justo y misericordioso permite que le sucedan cosas malas a personas buenas? Es una pregunta difícil de contestar, y algunos sienten que es más fácil concluir que se debe a que Él no está allí.

Pero así como Houston desaparece durante los días aparentemente despejados para algunos, Dios desaparece de nuestra vista durante los buenos tiempos. Para ellos, la vida es buena porque debe ser buena, no porque están recibiendo bendiciones de Dios. Imagine a alguien visitando mi oficina por primera vez en un día aparentemente despejado y no pueda ver la ciudad de Houston desde allí. Confiando únicamente en la evidencia de sus sentidos, quizá concluya que mi afirmación de la existencia de una ciudad es mera fantasía. Puede verse claramente el horizonte, el cielo continúa siendo azul, pero la ciudad sigue invisible. Siendo que ellos no han podido ver Houston, entonces no existe. Mi insistencia de que sí existe es simplemente una fe ciega.

Asimismo, alguien que no ve a Dios quizás concluya que en ausencia de pruebas visibles, Dios sea un mito. No importa lo que sucedió hace dos mil años cuando Él bajó a la tierra y vivió entre nosotros. Eso fue hace mucho tiempo y está muy lejano. Ellos no estuvieron allí.

Pero yo lo sé.

¿Fe ciega? Quizás. Pero está allí, como sin duda está también esa ciudad invisible que no puedo ver, pero que creo que es así. La Biblia dice: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1).

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Por Mark N. Lardas. Derechos © 2011 de
GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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