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La Tormenta Perfecta
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Foto: Dmitri Zakovorotny
El día había estado claro y el mar en calma. Jesús había pasado aquel día ocupado en las orillas del Mar de Galilea, enseñando a una multitud de personas. Había hablado mucho de sus parábolas, explicándoles acerca del reino de Dios. Jesús había realizado muchos milagros curando a los enfermos. Todas esas actividades no le habían permitido ni a Él ni a sus discípulos comer y descansar. Así que Jesús les dijo que subieran al bote y se fueran al otro lado del lago. No había tanta gente de aquel lado, y tendrían tiempo para hacer un alto y relajarse.

Siendo que Jesús estaba agotado se durmió casi tan pronto como puso su espalda en el piso del bote. Mientras dormía, los discípulos hablaban sobre lo que harían en su tiempo libre. Ninguno de ellos esperaba el desastre que pronto los amenazaría. Todo parecía indicar que tendrían un placentero paseo en bote de vela. Pero cuando oscureció, el tiempo cambió drásticamente. Una violenta tormenta se desató y el bote comenzó a inundarse.

Los discípulos habían estado en muchas tormentas, pero nunca nada como aquella. Trataron de hacer todo lo posible por salvarse ellos mismos y también al bote. Nada funcionó. Debía suceder un milagro para que pudieran salvarse. Habían estado tan ocupados en sus esfuerzos por lograrlo que se habían olvidado completamente de Jesús. Mientras destellaban los relámpagos, vieron este dormía. Lo zamarrearon, mientras le gritaban: “–Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo?” (Marcos 4:38).

Asombrados


Jesús despertó y preguntó, calmadamente: “–Hombres de poca fe, ¿a qué viene tanto miedo? Entonces se puso de pie, reprendió al viento y a las olas, y la tormenta cesó y todo quedó en calma ”(Mateo 8:26). Asombrados, los discípulos se decían entre ellos: «¿Quién es éste, que aun los vientos y la mar lo obedecen?» (versículo 27). Entonces Jesús se levantó y ordenó a la tormenta que se calmara. Y así fue, los vientos y las olas se tranquilizaron.

¿No somos todos como aquellos discípulos? Cuando somos zamarreados por las tormentas de la vida, a menudo nos olvidamos de Jesús y tratamos de salvarnos a nosotros mismos. Tratamos de hacer cosas por nuestras propias fuerzas hasta que quedamos agotados y toda nuestra esperanza se ha desvanecido.  Entonces, cuando finalmente pensamos en Jesús, a menudo nos preguntamos si le importa realmente lo que nos sucede. Pero cuando gemimos por Jesús, Él siempre nos escucha y viene a nuestro rescate.

Recuerde, amigo, Jesús es el Único que puede darle paz y calmar las tormentas de su vida.  Cuando usted lleva a Jesús a bordo, no hay razón para tener miedo. ¿Por qué no hacer de Jesús el capitán de su buque? Él le llevará sin novedad a puerto seguro.

La Biblia dice: “Cambió la tempestad en brisa, calmó las olas. ¡Qué bendición cuando hubo calma, cuando él los llevó a salvo al puerto!” (Salmo 107:29, 30).

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Por Bob DuBose. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA BIBLIA AL DIA © 2008.


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