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El Consejero Familiar
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Fotografía: Dreamstime
Era viernes de noche y mi familia se sentaba nerviosamente haciendo un círculo en la sala. Cada uno tenía una taza de chocolate caliente en las manos mirando a su padre y preguntándose qué ocurría ahora. Era un evento importante para mí. Había orado por ello todo el día y el momento había llegado.

Aquellos de ustedes que tienen hijos pequeños saben del desafío de mantener la paz entre los hermanos. A menudo hay cierto tipo de conflicto entre ellos. Conflictos que surgen –generalmente– de parte de alguien que siente que fue tratado injustamente. Muchas veces los asuntos nunca se resuelven y esto puede crear resentimiento y más conflicto.

Aquel viernes de noche rompí el silencio y le expliqué a los niños que cada semana nosotros teníamos un concilio familiar. Luego continué enumerando las reglas de nuestro primer concilio “oficial”:

Reglas

1. Todos tendríamos la oportunidad de hablar y de compartir sus sentimientos de frustración con cualquier miembro de la familia, inclusive, con mamá y papá.

2. Mientras habláramos no habría interrupciones de ningún tipo.

3. Todos tendríamos la libertad de decir lo que quisiéramos sin temor a ninguna represalia.

4. Cuando todos habían tenido su oportunidad, mamá y papá intentarían resolver el asunto con usted.

5. Las expresiones de rabia y los argumentos no estarían permitidos.

6. Mamá y papá no discutirían sus asuntos en este concilio.

Con cierta aprensión, me volví hacia mis hermanos, comenzando con los más jóvenes. Funcionó maravillosamente. Salieron a la luz las frustraciones, algunas auténticas y otras bastante insignificantes. Ellos hablaban y nosotros escuchábamos. Recuerdo cuando uno de ellos terminó expresando sus sentimientos reprimidos, respiró hondo y exclamó: “Vaya, qué bien me siento ahora”. Supe entonces que estábamos rumbo a que ocurriera algo bueno en esta familia.

Cuando todos habíamos terminado de hablar, mi esposa y yo procuramos resolver los conflictos de los problemas que se discutieron. Por ejemplo, le preguntaríamos a los niños, “¿por qué, crees tú, que tu hermana se siente de esa manera? ¿Puedes pensar en qué harías distinto la próxima vez?” Si había una buena respuesta aplaudiríamos todos, a modo de confirmación. Haríamos todo lo posible para que esta vez fuera una experiencia positiva, de manera que los niños esperaran de buen ánimo el próximo concilio. 

Cuando una “queja” era dirigida a nuestro padre o madre, nos asegurábamos  de responder dando un ejemplo de la incomprensión o de la injusticia acaecida. Al confesar que cometimos un error y al pedir perdón, no sólo estábamos haciendo lo correcto, sino adquiriendo otra gran herramienta docente para admitir errores.

Mi esposa y yo siempre finalizábamos el concilio preguntándole a los niños qué podríamos hacer como padres para que ellos vivieran mejor. Y, luego, sin que se dieran cuenta, declaraban lo que ellos podían hacer para hacer nuestra vida más llevadera.

Los padres separados también pueden comenzar un concilio familiar; son especialmente útiles para familias compartidas. ¿Por qué no intentarlo? Lo único que se pierde es un poco de chocolate caliente.

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Por David Snyder. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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