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Amarse los Unos a los Otros
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Fotografía: Dreamstime
“Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros” (Juan 13:34).

“¡Ámense los unos a los otros!” Les grité a mis amigas que discutían acerca de qué cuarto del internado estaba más limpio, lanzándose insultos juguetones entre ellas. Me miraron inquisitivamente mientras sonreían; habían escuchado esa frase antes. No habían pasado tantos días sin escucharme decir mi frase “lema”, la que digo fuerte y a menudo, y jamás me olvido de recordarles que se “amen unas a otras”. La conversación siguió por un rato y nos acercamos a un tema que no me gusta y que se refiere a alguien que no me agrada, particularmente. Murmuré un comentario que todos en el cuarto parecieron escuchar. “Ámense los unos a los otros,” dijo bajito una de mis amigas, y quedé desconcertada.

Cuando nos ordenó que nos amáramos los unos a los otros, Jesús también nos dio un martillo y nos pidió que derribáramos la Muralla China. “Toma, hazte cargo,” y lo dijo como si nada, como si fuera la cosa más fácil del mundo. No lo hizo; ni siquiera de broma. Amar a nuestros seres queridos es fácil, obviamente; ¿pero qué de aquellas personas que nos frustran? Hablo de las personas en las cuales no encontramos ninguna razón para amar. Me refiero a la gente que nos ha herido en el pasado y que, tal vez, continúan hiriéndonos en el presente. Amarlos e, incluso, intentarlo, puede ser imposible.

Amar sin Razón

Así como un martillo no puede derrumbar una estructura fuertemente construida, así también los humanos no podemos amar de la forma perfecta como nos ama Cristo. Cristo no tiene una razón para amarnos, excepto que lo hace. Lo herimos cada día cuando pecamos, cuando nos olvidamos de orar, y Él sigue amándonos incondicionalmente. Nos resentimos cuando una amiga no nos agradece el pequeño favor que le hicimos; Jesús murió por nosotros y nos amará, incluso, si decidimos no hablar con Él.

Pero Cristo, en su misericordia eterna, no nos da un martillo, sino que nos dice: “Mírame, yo te enseñaré”. ¿Qué mejor ejemplo de amor, que el Amor mismo? Y se pone aún mejor, porque al mirarlo a Él –al hacerlo de verdad– llegamos a ser como Jesús (2 Corintios 3:18). Con Cristo en nuestros corazones, amarnos los unos a los otros puede ser posible. Con su poder en nosotros, la Gran Muralla China se derrumbará. El amor de Dios es más fuerte que cualquier cosa que se haya construido, incluído nuestro resentimiento.

Con un poquito de paciencia y mucha oración, podemos llegar a “amarnos los unos a los otros.”

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Por Raquel Levy. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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