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Descalzos y Tercos
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Fotografía: Dreamstime
Debía aprender a la fuerza que no es de sabios andar descalza sobre una tarima de madera.

Al deslizar descuidadamente mis pies, luego de caminar la segunda milla de nuestra aventura y comprar una pizza para mi hambrienta familia, sentí un dolor filudo en el pie derecho. Lo levanté para descubrir qué me había sucedido y fue cuando vi un pedazo de madera que sobresalía a través de la piel. Era demasiado grande para considerarla una astilla. Siendo la persona terca que soy, no dejé que mi padrastro ni mi primo me ayudaran, sino que yo misma jalé el trozo de madera de mi pie –incorrectamente, debo agregar– y me fui cojeando dolorosamente las dos millas que me llevaban de regreso al lugar donde estaba el resto de mi familia. Mi terquedad continuó al no querer ver al doctor. El dolor se había ido y la verdad es que no teníamos dinero para eso. Cuidaría yo misma de mí.

Sufrí con la herida en el pie por dos semanas, la herida no cerraba correctamente y me dolía mucho al andar. Descubrí que no cerraba porque aún quedaban astillas de la madera bajo la piel. Comportándome tercamente aún como para por fin ir a ver al doctor, me abrí la herida y extraje cuatro trozos de astilla del pie. Cuando empecé a ver señales de infección, me di cuenta que debía ir a ver a un médico. Sólo entonces mi pie comenzó a sanar.

Mi Vida Espiritual

Dos años después cometí el mismo error; sólo que esta vez fue con mi vida espiritual. Caminé descalza por lugares que no debía y resulté herida. Lo peor de todo es que me negué a acudir a Dios pensando tercamente que yo podría cuidarme de mí misma. No pude, desde luego, y luché con las astillas bajo la piel por más de un año.

No porque haya pasado suficiente tiempo y nuestras heridas estén cerradas significa que todas las astillas han sido removidas. Si todavía duele, si no hemos perdonado y seguido hacia adelante, aún no estamos curados. Claro que es fácil ignorar nuestros problemas una vez que han pasado y, por supuesto que será doloroso abrir viejas heridas, pero nunca dejaremos de sufrir a menos que permitamos que Dios nos abra profundamente la zona del dolor y quite todo lo que no le agrada a Él. Sentiremos esas astillas cada vez que tratemos de retomar la senda de Dios, y el dolor nos hará sentarnos y rendirnos. Si somos demasiado tercos para llevar nuestras heridas ante Dios, tal vez no caminemos nunca más.

Jesucristo es el mejor médico. Nuestras heridas serán curadas por sus amorosas manos. Será incómodo abrir aquellas zonas que preferimos ignorar, pero no sentiremos dolor si experimentamos una caminata espiritual saludable. Si duele al caminar, tal vez sea tiempo de ver al Doctor. Él siempre está de turno. “Yo soy el Señor su Dios. . . que les devuelve la salud” (Exodo 15:26).



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Por Raquel Levy. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. Los versículos han sido extraídos de la NUEVA VERSION INTERNACIONAL, 1999.


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