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Silencio Siniestro
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Fotografía:Roy Thomas
El silencio nos tiene en su puño. Colectivamente, como familias e individualmente. El silencio nos susurra en los oídos cosas que nos halagan, que nos tientan, que nos amenazan, que nos mienten. “Usted no debe decir… en realidad, usted no puede decir… que nadie lo sabe excepto usted… el silencio es noble… es honorable… usted debe lidiar sólo con eso… con el secreto… Empújelo profundo… ¿Qué podrán ver los demás? ¿Qué pensarían ellos si lo supieran? Dios entenderá… Si el resto de su familia lo supiera… no… usted está solo en esto… Nadie puede ayudarlo… No existe ayuda para esto… Deshonrará a su familia si se los dice… usted no es un chismoso… no es un estafador… usted ha mantenido su secreto durante todo este tiempo… puede llevarlo hasta su tumba…”

El silencio sigue estando detrás de la máscara. Este tipo de silencio no le brinda honorabilidad, nobleza ni seguridad. Es anónimo, no tiene rostro, es cruel y cobarde y mete maliciosamente su mano por detrás para apretar su boca mientras le apuñala dolorosamente el corazón. No satisfecho con el efecto, le toma un brazo y se lo dobla por la espalda haciéndolo agonizar de dolor… y todo lo hace sin nunca jamás mostrarnos su verdadero rostro.

El silencio obra alegremente, sabiendo que la quietud que lo trae es su derecho; quedando abierto para presentarse anónimamente y sin rostro y apresar a la próxima generación… y a la que sigue… y la que viene... El silencio es angustioso. Doloroso. El silencio aisla. Acusa. El silencio roba la identidad. Golpeando… silente… haciéndonos doler. Calladamente. Viene vestido de muchas formas de engaño, depositando la culpa en otra parte, viviendo la vida mientras deja a sus víctimas pagando una inmensa cuenta emocional.

Confesar

Existe una razón por la que se nos ha dicho que debemos “confesar nuestros pecados los unos a los otros…” Confesar significa decir, compartir, identificar. El “pecado” es aquello que nos aleja de Dios. Cosas que nos apartan de Él y que no nos dejan experimentar el gozo, que disfrutemos. “Confesar los pecados unos a otros” entonces significa “identificar las cosas que nos separan”. ¿Y qué sucede cuando lo hacemos? Somos… LIBRES. Identificar abiertamente reconociendo las cosas que nos separan de Dios es un asunto peligroso, pero no como Satanás nos lo hace creer. El peligro está en que Satanás nos trate de atrapar y pierda su control sobre nosotros.

“Así que si el Hijo los libera, seran ustedes verdaderamente libres” (Juan 8:36).

Sí, hágase de valor, busque a una persona confiable, cuéntele acerca de lo que lo aleja de Dios, juntos llévenlo ante nuestro Salvador y siéntase libre.

“Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16).

Póngase su armadura, vaya a combatir en contra de otra red de silencio. Abra su corazón, sus brazos y escuche las cosas que lo alejan de Dios. Llévelas ante el Salvador y vea desplegarse la libertad.

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Por Rene Ammundsen. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL ® 1999.


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