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Perdiendo el Valor
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Fotografía: Andy Nowack
Soy una mujer joven –un adulto-joven– y permítame decirle que esta es una etapa difícil de la vida. Suceden muchos cambios y realidades en muy poco tiempo.

Por lo menos para mí, los primeros meses después de salir de la universidad estuvieron llenos de dudas, inseguridades y un sentido de estar en medio “de lo desconocido”. Fue una bofetada en pleno rostro –la transición de la universidad, la predisposición a no preocuparse de nada, buscar trabajo como muchacha joven, una iglesia a la cual conectarse, un lugar donde vivir. Me preguntaba si valía lo suficiente como profesional . Si mi personalidad, si mi curriculum-vitae y mi experiencia, lograrían impresionar a la gente “del mundo real”.

Al reflexionar ahora en ese tiempo –cinco años desde que salí de la universidad, cinco años en el mundo laboral–, me sorprendo preguntándome: ¿Qué está pasando conmigo, como adulto-joven que soy? ¿Por qué estoy perdiendo esa valentía, ese valor, el abandono descuidado que sentí cuando era una niña. ¿Soy yo o pareciera que todos hemos perdido un poquito de nuestro coraje mientras vivimos?

Cuando niños vivíamos descuidadamente, aprendiendo con ansias cosas nuevas –cómo andar en bicicleta, en patines de ruedas, a patinar en el hielo, cómo llegar a ser el centro de la atracción. Nos hacíamos de nuevos amigos en la escuela en apenas un instante. Era una vida de incertidumbre, pero como niños la enfrentamos con la frente en alto.

Perdiendo el Valor

A veces pierdo ese valor. Es como si mientras más viviera, más valor voy perdiendo, poco a poco. Sé que está dentro de mí… sólo que lo siento tímido e inactivo.

Entonces, ¿qué es lo que nos hace perder el valor? Tal vez sean las presiones del mundo, las expectativas irreales en el trabajo, la presión de saber “lo que está de moda” en este momento.

Podemos volver a sentir esa valentía que tuvimos cuando éramos niños–aquel valor que nos vio tambalearnos, dar tumbos en los paseos en bicicletas; aquel valor que nos acompañó en nuestro primer día en la escuela primaria, aquel que nos empujó a saltar al agua por primera vez, ese que estuvo a nuestro lado cuando nos acercamos al primer chico que “nos gustó” realmente. Podemos convertirnos en aquellas personas valientes que Dios quiso que fuéramos, sabiendo que nuestro Padre estará ahí para levantarnos cuando caigamos, que caminará con nosotros cuando necesitemos confianza y que nos apoyará cuando esa confianza sea sacudida. Todo lo que necesitamos es sentir que Sus brazos nos rodean y escuchar Su murmullo: “Estarás bien, te amo. Sé que puedes hacerlo”–un murmullo que se transforma en el sonido dulce del valor.

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Por Andrea Torres. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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