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Perdone y Olvide
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Foto: Andrés Rodríguez
Mis suegros no me querían. Nuestra relación cambió el día cuando con su hijo nos hicimos novios.

Su hijo y yo habíamos sido amigos durante tres años. Nunca, ni en mis sueños más locos, esperé ser rechazada por ellos como la futura esposa para su hijo. Yo era una amiga que ellos respetaban y elogiaban.

Cuando el romance entre mi esposo y yo comenzó, me sentí entusiasmada de que por fin sería parte de una familia cristiana. Ellos eran el tipo de familia que siempre deseé tener. Admiraba la estrecha relación que tenían y su fuerte fe en Jesús. Pero en una semana esa fantasía fue derribada debido a nuestro compromiso.

Descubrí que mis suegros alentaban a su hijo a que reconsiderara sus sentimientos hacia mí. Me dolió tanto que pensé que jamás me recuperaría. Traté de comunicarme mejor con ellos para ver si podrían solucionar cualquier problema o preocupación que tuvieran en relación a mí, pero decidieron terminar la conversación. Básicamente, me pidieron que los dejara en paz.

Mi esposo y yo continuamos nuestro noviazgo aunque sus padres no lo aprobaban. Fue difícil para ambos. Mi esposo deseaba obedecer a sus padres y yo me sentía muy mal al decepcionarlos. Fue asombroso que siguiéramos amándonos a través de todo aquello. Los dos nos sentíamos quebrantados y deseábamos hacer lo correcto, pero no nos dábamos cuenta por qué el amarnos era erróneo.

Después de unos meses hablamos de matrimonio. Ya nos conocíamos bien debido a nuestra larga amistad y el noviazgo nos llevó a querer profundizar nuestro compromiso. Si me lo hubiera pedido, me habría casado el mismo día que nos hicimos novios.

Pequeña, Estresante y Especial

Nuestra boda fue pequeña, estresante y especial, al mismo tiempo. Recuerdo haber sentido no poder imaginar el haberme casado con nadie más que con él. Había deseado que ese sentimiento pudiera ser contagioso, pero mis suegros continuaban en su misma posición. No intentaron que nos divorciáramos, pero no creían que habíamos hecho la decisión correcta. Oré para que Dios quitara de mí el desencanto.

Entonces, cinco años después de nuestra boda, mis suegros me llamaron separadamente para disculparse por la forma en que me habían tratado. Pensé que lloraría o que me sentiría emocionada. Era algo que había deseado por mucho tiempo. Pero en vez de experimentar todo aquello, sentí un gran alivio.  Había pasado mucho tiempo orando para que mi corazón se liberara de la amargura, de la desilusión y de muchas otras emociones negativas. Había tenido que enfrentar grandes emociones. Me di cuenta que –en cierta forma– había perdonado a mis suegros hacía tiempo y mucho antes de que ellos pensaran en reconciliarse conmigo.

No importa lo difícil que sea, uno siempre tiene la elección de perdonar. Me sentía muy dolida y herida por la forma en que mis suegros me trataron, pero también deseaba asegurar que  mi corazón estuviera preparado para amarlos y perdonarlos, sin importar lo que haya sucedido. No estoy diciendo que esto haya sido fácil, pero sí importante. Estoy agradecida porque nuestra relación ha cambiado, pero mucho más por la gracia de Dios, porque el perdón es algo muy difícil de realizar sin Su ejemplo.

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Por Marion Ruybalid. Derechos © 2009 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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