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Mi amigo, Francisco

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Fotografía: David Gilder |
El aroma a café se siente a unas cuantas cuadras del “Cuba–Café”. Su dueño es Francisco, mi amigo, un cubano alegre y cálido, igual que los express y cafetazos que sirve durante todo el día… semana a semana.
Francisco es un cubano que como muchos otros se aburrió del régimen opresivo de su isla y se fue a vivir a Chile, a buscar mejores horizontes. Pero tuvo que irse solo porque ni a su esposa ni a su hijito les dieron la “visa para un sueño”. Ahora, él no puede regresar nunca más a su país.
He hecho un alto en el camino luego del programa radial que tengo a diario en una emisora de mi ciudad, y he llegado a su café. Pero parece que mi ropa vieja* hoy tendrá que esperar. Sentado en una silla, cabizbajo, Francisco me ve, me abraza y se pone a llorar desconsoladamente. ¡Echa de menos a su familia! ¡Le hace tanta falta! En un país extraño, de clima tan diferente al de su caribeña Santa Clara, la ausencia se hace más dura y los días muy largos.
Ni la tertulia ni la música al ritmo del son** logran sacarle una sonrisa. Está demasiado apesadumbrado. Le duelen demasiado los recuerdos. Al igual que en otras ocasiones, trato de subirle el ánimo contándole anécdotas que a diario me suceden en la calle. Le saco una sonrisa, pero ella no basta para borrar tanta tristeza acumulada. Hoy, a mi amigo Francisco, le duele el corazón.
Toda Lágrima de los Ojos
Le cuento que justamente anoche en la reunión juvenil de la iglesia Adventista de mi ciudad, hablaron del dolor y de la pérdida. Dijeron que Dios enjugará toda lágrima de los ojos de sus hijos. “Francisco, tú eres uno de ellos… Confía en sus promesas… Él se las ha obsequiado a todos. ¿Quieres que tenga una oración por ti?” Me sonríe, emocionado, moviendo su cabeza afirmativamente.
Después de saborear y devorar cada trocito de aquel fantástico ropa vieja, me levanto, le pago y le estrecho la mano. Francisco me despide con su habitual sonrisa, me acompaña a la puerta y me dice: “Gracias por venir, Alejandro. ¡No sabes lo bien que me han hecho tu compañía y tus palabras! ¡Que tengas un gran día, hermano!”
Me voy con la certeza de que muy pronto Francisco tendrá noticias de su familia y de su recordada Santa Clara… y el aroma dulzón de su café me acompañó de vuelta a casa.
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