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Más Allá de las Quietas Aguas

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| Fotografía: Wellford Tiller |
En nuestro hogar mi mañana comienza a las 5:30 a.m. Tengo exactamente 30 minutos para darme una ducha, hacerme un té caliente y respirar profundamente antes de que despierten mis hijos.
Usualmente me siento en el segundo escalón de la escalera a escuchar la alarma que despierta al resto de la familia y lo que significa que bajarán enseguida a saludarme. Este es uno de los momentos preferidos del día. Es el primer vistazo que les doy a mis hijos luego de una noche sin ellos. Les doy un abrazo apretadito, sintiendo la tibieza de sus cuerpecitos recién salidos de sus camas. Los acurruco y beso sus espaldas y cuellitos antes de hacerle frente a la mañana.
Podríamos dormir unos 45 minutos extra por las mañanas, pero hace años que decidimos levantarnos de manera de poder compartir el tiempo entre nosotros. Es el momento de relajarse y de hablar de lo que el día nos deparará. Todos los años les pregunto si desean dormir más, pero contestan que no.
Un Mundo Cambiante
A veces nos sumergimos en el mundo. En ocasiones nos parece hermoso y vemos la mano de Dios en cada aspecto de nuestro día. Otras, la mano del pecado y la muerte es más aparente, y tenemos que mirar un poco más detenidamente a través de la neblina que parece cubrir nuestra rutina diaria. En medio de su ocupada vida durante su ministerio, Jesús conocía el valor del retiro y la meditación. Conocía el valor de realizar conscientes y determinados esfuerzos para pasar momentos con su Padre.
Hallando un Retiro
“Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar” (Marcos 1:35).
¿Le suena familiar? Es difícil encontrar un lugar donde usted pueda pasar momentos a solas con Dios y no tener a alguien que requiere de usted. Cuando Cristo fue solo al desierto, la Biblia dice: “… (el Espíritu lo impulsó…” 1:12 NIV). ¿Qué se supone que era? ¿Podría ser que pasar momentos a solas con Dios es más una necesidad que una elección? Jesús se apartó de sus enemigos, pero también de sus amigos. Pasó momentos en soledad. Descansó. Oró.
No pasar momentos a solas con Dios es perderse las bendiciones que Él ha preparado para nosotros. Es perder la dirección y la sabiduría que tal vez nos guíen más tranquilamente a través del día. Si estamos demasiado ocupados para encontrar el tiempo necesario y estar en contacto con Dios más allá de las quietas aguas de la oración y la meditación, entonces verdaderamente estamos demasiado ocupados en la vida.

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