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Dios, los Pequeños y Yo
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Fotografía: Jennifer Hogan
Hace unas semanas en mi reunión del estudio de la Biblia, la conversación se centró en cómo vivimos diariamente sin experimentar nada importante. La mayoría de nosotras somos madres de niños pequeños que nos desafían a equilibrar nuestras vidas. Hablamos de cómo desde el nacimiento de ellos se nos ha hecho difícil pasar diariamente algunos momentos tranquilos con Dios. Muchas de nosotras –incluso– hemos confesado haber pensado mínimamente en Dios durante nuestros ocupados días.

Cada una de nosotras pasábamos un tiempo significativo en compañía de Dios antes de ser madres. Concluimos que nuestras vidas serían diferentes si ahora empleáramos ese tiempo para centrarse en lo que es más importante. Mientras hablábamos, reflexioné en mi propia vida.  Durante los últimos meses había pasado de ser una mujer que realmente creía que Dios era el centro de sus días a otra, que vagamente recordaba poner a Dios en ella. Pensé cómo mi actitud hacia la vida había cambiado debido a mi descuido de no poner a Dios en primer lugar. Había llegado a sentirme satisfecha de mí misma e, incluso, hasta un tanto deprimida.

Luego de la complacencia propia, Dios siempre ha sido mi esperanza y mi fuerza. Recuerdo tener más paciencia para manejar las rabietas de temperamento de mis niños. Cuando mis hijos están hiperactivos, he podido encontrar el gozo en vez de mi reacción inicial de frustración.

Ese no ha sido el caso últimamente. Ha sido agobiante lidiar con mis niños desobedientes. Mi madre incluso me ha preguntado si lo paso bien con ellos. Su comentario me dejó helada al tratar de recordar la última vez que había disfrutado honestamente con mis niños. Mi mente estaba llena de excusas antes de convencerme de ello, finalmente. Una madre de dos hijos pequeños tiene dificultades cada día. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Serían culpables mis niños de mi agria actitud?

Cristo Primero

Decidí que debía poner nuevamente a Cristo primero y, en segundo lugar, recordé que mi esposo me ha dicho que la felicidad es una elección. Al permitir que Dios tomara control de mi vida, escogí ser feliz y la relación con mis niños también comenzó a transformarse. Me descubrí a mí misma deseando enseñarles nuevas cosas. Saqué mis antiguas manualidades y creamos collares, ellos hicieron dibujos y hablamos acerca de qué les interesaba más. Sólo con decidir quedarme en casa con mis niños fue suficiente en función de la vida abundante que ahora vivo con ellos. Necesitaba ser una madre disfrutando ver crecer a sus hijos cerca de Dios.

Luego de una semana de cambios, debo confesar que he tenido que dar pequeños pasos; pero siento que Dios me ha convertido en la madre que Él desea que sea. Estoy más conectada a Él y a mis hijos.

Dios desea lo mejor para nosotros, pero a veces no permitimos que nuestras vidas ocupadas nos hagan recibir lo que Él desea ofrecernos. Poner a Cristo en primer lugar en forma intencional, ha sido la única forma que he encontrado para convertirme en el tipo de madre que realmente quiero ser.

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Por Marion Ruybalid. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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