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Encendiendo una Luz
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Foto: Christina Canwell
Durante cuatro veranos consecutivos, mi marido y yo hemos empacado carpa, alimentos, bronceadores, tapones para los oídos, y llevado a nuestra hija adolescente a un evento cristiano de cuatro días de duración. Detrás del escenario de aquel anfiteatro al aire libre, hay una hermosa vista panorámica del Columbia River Gorge, una de las creaciones vírgenes de Dios. Aprendimos que hay un área llamada mosh pit que es básicamente la zona de concreto que está frente al escenario. Pero es una zona respetuosa, donde los jóvenes saltan, aplaudiendo y alabando a Dios en los cantos más animados. Luego de la zona de concreto, está aquella cubierta de hierba, donde se sienta la mayoría de los adultos.

Lo que nos mantiene regresando a ese lugar cada año es lo que nuestra hija nos contó el primer año que asistimos. Luego de uno de los conciertos, se acercó corriendo a nosotros, diciendo:  “¡Mamá! ¿Qué te pareció?” Fui honesta al contestarle: “Bueno, querida, para mí fue un tanto roquero”. Con la mirada confundida, me contestó: “Pero, ¿es que no viste llorar a todos esos jóvenes? No había ni uno con los ojos secos, mamá… Todos se sientieron tocados por esos cantos…”

Ahí fue cuando yo, como madre, tuve que abrir mi mente.  ¿Quién dice que los jóvenes de hoy tienen que ser tocados a través de la misma música que nos impactó a nosotros en los años ’70, ’60 ó ’50? ¿Y quién podría criticar a las bandas cristianas que parecen estar alcanzando a los jóvenes con las letras de sus canciones y testimonios personales? ¿Cómo podríamos los adultos decir que su música es “del diablo” o que cualquier cosa que tenga un poco de ritmo no puede provenir de Dios? Si lo que queremos es mantener desesperadamente a nuestros jóvenes en la iglesia, tal vez necesitemos escuchar mejor para suplir sus necesidades. Tal vez haya un terreno propicio donde todos podamos descubrir la adoración.

Sólo una Vela Encendida

Posteriormente al concierto de aquella noche vino el servicio de velas encendidas. Luego que acabó la música, todas las luces fueron apagadas. Se les había entregado velas a cada persona allí presente –cerca de 20.000. Al centro del escenario, había sólo una vela encendida. Junto a nuestra hija, vimos cómo las luces de las velas comenzaron a esparcirse a través de la colina. Nosotros también encendimos las nuestras.

La multitud permaneció en silencio mientras el orador nos animaba a “hacer brillar nuestra luz”, encomendando nuevamente nuestras vidas a Dios y a abandonar aquel lugar como seres transformados. El panorama de velas encendidas era asombroso –un momento sumamente espiritual. Ahí fue cuando nuestra hija se inclinó hacia nosotros y me musitó al oído: “Mira, mamá. El diablo acaba de perder a 20.000 personas.”

Las lágrimas llenaron mis ojos. Ese evento significó mucho para ella. Era “su forma” de conectarse con Dios y de adorarlo. Ahí supe que, como padres, mi esposo y yo necesitábamos apoyar su estilo de música y adoración.

La Biblia, dice: “Alábenlo con sonido de trompeta, alábenlo con el arpa y la lira. Alábenlo con panderos y danzas, alábenlo con cuerdas y flautas. Alábenlo con címbalos sonoros, alábenlo con címbalos resonantes. ¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!” (Salmos 150:3-6).

¿Si estamos planeando volver el próximo verano por quinta vez? ¿Bromea, usted? ¡Nuestra hija ya está hablando de ello!

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Por Nancy Canwell. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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