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Carrera por la Medalla
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Fotographia: Dreamstime
Las Olimpíadas me hacen llorar. Lloré durante la ceremonia de apertura, lloré durante los eventos deportivos, durante los juegos individuales y también en la ceremonia de premiación –estuvieran o no representando a mi país. Durante casi todo el mes de agosto he tenido los ojos rojos y la garganta apretada.

¿Son lágrimas de alegría o de tristeza? Las dos cosas.

Comencé durante la ceremonia de apertura. Fue hermosa, inspiradora, conmovedora. Pero esa no es la razón por la cual lloraba. Me emocionaba la unidad. Esa sensación de que por esos escazos momentos, el mundo entero ha dejado a un lado sus desacuerdos, sentimientos heridos y frustraciones políticas para reunirse a celebrar nuestra humanidad.

Para mí es una vislumbre de cómo será el cielo. Cada uno de nosotros, de cada rincón de la tierra, con diferentes historias y vidas distintas, nos reuniremos ante el trono de Dios para celebrar Su gracia protectora. Maravilloso.

Las lágrimas acudieron mientras miraba a un atleta que ha estado entrenando desde su niñez para esta oportunidad. Ellos demostrarán sus habilidades por escazos segundos con la esperanza de estar entre los mejores del mundo. Lloré por lo que han debido sacrificar debido a ese honor. Tiempo lejos de sus familias, la libertad de la niñez de poder jugar cuando quieran y que a menudo pierden, experiencias escolares que deben vivir y la exposición temprana ante el mundo del rechazo que deben experimentar.

¿Y si fracasan? Hay desilusión, lamento y pena.

Sin embargo, para los pocos que alcanzan el éxito, las expresiones de alegría y gozo abrumador en sus semblantes, en los rostros de sus familiares y en los de quienes los observamos, hace que todo valga la pena.

La Participación que Él ya Realizó

De lo que estoy agradecida es de saber que nuestra habilidad para recibir el premio más grande del universo no está relacionada en lo que practicamos y en qué cantidad de tiempo realizamos nuestra hazaña. Está basado en la participación que Él ya realizó. Y así como los deportistas Olímpicos, muchos de nosotros abandonamos muchas cosas para seguir a Cristo. En sectores del mundo donde no hay libertad religiosa, las cosas son más difíciles que para los que vivimos en este lado del planeta. Pero incluso aquí, la devoción a Dios que viene de parte de amigos y miembros de la familia puede afectar las aspiraciones de nuestra carrera y alejarnos de aquello que al mundo le parece “divertido”.

Pero, maravillosamente, todo aquello que hemos dejado a un lado palidece en comparación con la recompensa que nos espera al final. Porque no importa cómo compitamos –ya sea que nos caigamos del caballete, el mal desempeño que tengamos durante una carrera, que erremos el blanco o que ocasionemos una gran chapuzón al entrar en la piscina olímpica– ganaremos.

Ganaremos. No habrá tensión, ni quedaremos sin aliento, ni el corazón querrá salírsenos por la boca, porque nosotros ya hemos ganado. Ganado. Debido a que Él lo hizo primero.

"No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús (Filipenses 3:12-14).

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Por Joelle Yamada. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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