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Flotando en la Gracia
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Fotographia: Michael Gray
Nunca he sido buena para flotar. En la piscina, sólo puedo mantenerme flotando de espalda si muevo constantemente mis brazos y piernas. Si dejo de moverme por un segundo, ¡comienzo a hundirme! Eso hace que el flotar se convierta en algo estresante que relajador.

El mes pasado, sin embargo, experimenté algo totalmente diferente.  Tuve la oportunidad de visitar Hawai donde las olas color turquesa bañaban las playas de arena blanca bajo un cielo totalmente despejado. Allí descubrí que las olas de agua tibia eran mucho más que hermosas –¡me hacían flotar! Relajada de espaldas sobre el mar, me di cuenta que lo hacía mucho mejor que si estuviera en agua dulce. Todo lo que debía hacer era ponerme de espaldas y dejar que el mar me llevara.

Sostenida por el Océano

No me malentienda; al principio todavía me sentía nerviosa. Lancé mis brazos a mi costado tan lejos como pude y apreté los ojos para que no se me llenaran de agua salada. Respiré rápidamente por la boca, queriendo evitar que la nariz se me llenara de agua en caso de que comenzara a hundirme. Pronto me di cuenta que eso no estaba ocurriendo. ¡Cada pulgada de mi cuerpo estaba siendo sostenida por el océano! Comencé a relajarme, respirando más pausadamente y abriendo los ojos para ver la extensión azul que me rodeaba. La tensión de mi cuerpo comenzó a abandonarme mientras colocaba mis brazos junto a mi costado y las tibias olas me mecían suavemente, provocándome un estado de relajamiento completo.

Mientras flotaba sostenida solamente por aquella superficie líquida, empecé a pensar en la gracia. El apóstol Pablo escribe sobre ella y dice que “la gracia no sería gracia” si fuera “por obras” (Romanos 11:6). La gracia no es algo que podamos hacer por nosotros mismos o ganar al esforzarnos. De hecho, es debido a nuestra propia incapacidad que la gracia se revela. En su carta a los Corintios, Pablo comparte el mensaje de Dios, diciendo: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). No fue hasta que logré relajarme completamente que sentí el poder sostenedor del agua. Tensionándome o braceando y pedaleando frenéticamente no sólo no lograría nada, sino que me negaría a la oportunidad de descansar en el abrazo constante del agua.

Si usted es como yo, puede que sea bastante eficiente en el frenético pedaleo, experimentando lo difícil que es mantenerse a flote. Pero la gracia de Dios es tan constante y liberadora como el balanceo de las olas en el océano. Somos sostenidos por la mano de Dios (Juan 10:29). ¡Qué don maravilloso!

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Por C. Myers. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.



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