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Mi Hogar, Dulce Hogar
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Fotografía: Dreamstime
Hacía sólo una hora que había llegado desde mi país hace ya más de treinta años. Nueva York me saludó sonriente a través de un monumento que emociona con sólo verlo a la distancia: la estatua de la libertad. La dama blanca lucía imponente aquel verano caluroso y húmedo. La quedé mirando, largamente, agradeciéndole por acogerme como una más de tantos inmigrantes que llegaron a los Estados Unidos en busca de un futuro mejor.

Al día siguiente, cuando mi esposo me llevó a conocer Manhattan, me impactó la imagen de una mujer de color que se sentó a mi lado en el subway. Leía su Biblia, libremente, como si fuera tan natural en ella. Cerraba los ojos meditando en las palabras de su Creador y, luego, en agradecimiento, tarareaba bajito una hermosa melodía.

Yo vengo de un país donde leer la Biblia en un lugar público puede parecer casi como un agravio. Gracias a Dios las cosas han cambiado un poco al pasar de los años. En ese instante, sentada junto a aquella mujer cristiana, supe que había llegado a un país que conocía muy bien el significado de la palabra libertad y donde sus ciudadanos hacían uso de ella con plena autoridad.

Días después tuve el privilegio de conocer a un puertorriqueño simpático y afable que había servido como enfermero en la Guerra de Vietnam. Cuando le pregunté por qué había ido hasta allá a exponer su vida, me contestó con el pecho inflamado de orgullo: “Porque mi patria me necesitaba. Porque la amo y la defenderé como cristiano ayudando a curar las heridas de mi prójimo. Porque Estados Unidos es mi hogar, mi dulce hogar”.  Sonrió, satisfecho, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

A las pocas semanas de llegar celebré el 4 de julio junto a familiares y amigos de mi esposo. ¡Qué forma más hermosa de celebrar la libertad! Las banderas tricolores flameaban a través del país entero y cada uno de sus ciudadanos expresaba con alegría lo que significaba vivir en Norteamérica. Un grupo de artistas también rendía homenaje a la patria a través de un concierto al aire libre que veíamos por televisión. Y entonces… sucedió. Era el himno más hermoso que había escuchado en mi vida. La letra hablaba de un lugar de libertad, con montañas majestuosas y padreras inmensas; de un océano de aguas azules y de espuma blanca. De una tierra bendecida por Dios… de una tierra a la que se amaba de verdad.

God Bless America

God bless America,
land that I love.
Stand beside her,
and guide her,
thru the night
with a light from above.

From the mountains,
to the prairies,
to the oceans,
white with foam
God bless America,
my home, sweet home!

Cuando la artista terminó de cantar, yo era la que lloraba. Con profunda emoción pensé en ese hogar, dulce hogar que nuestro Creador está preparando para nosotros. Y vislumbré esa nación hermosa, donde estará la Nueva Jerusalén y en donde viviremos felices para siempre. Le di gracias a Dios por traerme a Norteamérica y poder formar una familia en tierras de libertad para ir saboreando las riquezas de Su amor incommensurable.

“En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté” (Juan 14:2-3).

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Por Chari Torres. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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