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¡Por Favor, Papá, No me Dejes!
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Fotografía: Noriko Cooper
Era una fría mañana de invierno en Santiago de Chile. Toda mi familia se levantó temprano aquel día para dirigirnos al aeropuerto a despedir a nuestro padre que iba rumbo a Nueva York en un vuelo que duraría 14 horas. Él había planeado aquel viaje en secreto, sin mencionárselo a nadie, ni siquiera a mi madre.

Durante años mi padre había trabajado para una compañía norteamericana dueña de las minas de cobre del norte de Chile y años más tarde había trabajado en las fundiciones, en Santiago. A mi padre le gustaba mucho trabajar con ingenieros norteamericanos. Fue entonces cuando el sueño de venir con su familia a los Estados Unidos de Norteamérica tomó forma. Con la ayuda de ellos pudo obtener su visa. Aquella lluviosa y fría mañana mi padre estaba haciendo realidad su sueño.

Yo tenía 10 años de edad y nada podría haberme preparado para lo que me tocaría vivir aquella mañana; específicamente, lo que sucedería con mi hermanita de 8 años de edad.

Llegó el momento de despedirnos y nuestro padre comenzó a abrazar y besar a cada uno de sus hijos, a su bebita y, por último, a su esposa de 36 años de edad. Mientras caminaba por el terminal y cruzaba la puerta de metal para dirigirse al avión, mi hermanita comenzó a gritar corriendo hacia él y cogiéndolo del pantalón, mientras entre lágrimas, le rogaba: “¡Por favor, papá! ¡No me dejes!”

Aferrada a Él como un Pulpo

Él la tomó en sus brazos, apretándola y besándola una y otra vez. Cuando mi padre trató de ponerla en el suelo, ella se resistió. Se mantuvo aferrada a él como un pulpo, tirando sus pantalones mientras el eco de sus gemidos resonaban por el entonces pequeño aeropuerto. Él la levantó nuevamente en sus brazos, apretándola contra su pecho, pero el llanto no cesaba. Esa escena se repitió durante varios minutos mientras mi padre luchaba por quitar sus bracitos de encima. Debió hacer un esfuerzo sobrehumano para arrancarla de sus brazos y correr hacia el avión.  Mi madre la abrazó y todos lloramos al ver a papá subiendo por la escalera. Seguía lloviendo y podíamos sentir cómo nuestras lágrimas se entremezclaban con las gotas de lluvia empapando nuestra cara.

Pasaron dos años antes de que pudiéramos reunirnos con nuestro padre en Norteamérica. Cuando papá murió hace un tiempo atrás, me paré al lado de mi hermana mientras lloraba durante el funeral y, en secreto, parecía decir: “Papá, por favor no me dejes.”

Cada vez que recuerdo esa experiencia pienso en lo que significó para Jesús dejar a sus “hijos” –lo que fue para él separarse de ellos mientras iba rumbo al Calvario. Lo que significó estar colgado en una cruz y no poder calmar el dolor y secar las lágrimas de sus seres queridos. Y cuando llegó la hora final de la partida, de la despedida, del último abrazo y de las palabras finales, me pregunto cuán difícil debe haber sido para Jesús no poder decir lo que sentía por sus hijos –sin mencionar lo que habrá significado para ellos. Sus palabras de ánimo resonaron en sus oídos durante muchos años y han seguido escuchándose a través de los siglos en la vida de millones de personas:

“No se preocupen. Confíen en Dios y confíen  también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos. Si no fuera cierto, no les habría dicho que voy allá a prepararles un lugar. Después de esto, volveré para llevarlos conmigo. Así estaremos juntos” (Juan 14:1-3).

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Por Sergio Torres. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión BIBLIA EN LENGUAJE SENCILLO ® 2000.


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