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Bendíceme, Padre
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Fotografía: Ron Chapple
Yo adoraba a mi padre. Siendo la única hija mujer de tres hermanos, en cierta forma me sentía como su niña mimada. Mi padre era un hombre de sonrisa fácil y modales refinados. Cada vez que me hablaba, sus grandes ojos negros parecían tocarme el alma.

Recuerdo cuando por las tardes se acercaba a la mesa donde solía hacer mis deberes escolares para preguntarme si había algo que no comprendiera de las materias. Él lo sabía todo. Además, siempre que tenía que dibujar algo, me ayudaba a realizar primero un croquis. Mi padre era un gran dibujante.

Pero los recuerdos más grandes que tengo de él son aquellos cuando los acordes de su requinto* inundaban la casa. Yo corría a su lado y me quedaba absorta mirando sus manos eximias pulsar aquel instrumento. “¿Me enseñas a tocar una canción, papá?” –le preguntaba. “Ven, aquí, cielito”, respondía, sentándome sobre sus rodillas, entregándome el requinto.  Mis manos pequeñas trataban de imitar sus acordes, pero pronto desistía de la idea al sentir que las yemas de mis dedos estaban como el fuego.

Pero un día salió rumbo a su trabajo y no volvió a casa por la tarde. Ni tampoco al día siguiente… Mi madre, desesperada, recorrió los hospitales y las morgues de la ciudad. Como aún no sabíamos nada de él, un amigo que era detective privado, le ofreció sus servicios en forma gratuita. Pronto descubrió que mi padre había abandonado el país con rumbo desconocido. Pero no iba solo. Se había ido con otra mujer.

Impacto fue Terrible

El impacto fue terrible. Mi madre y mis hermanos estaban desolados. Yo… bueno, aunque solamente tenía nueve años de edad, comprendí que mi vida nunca más sería la misma. Mi mundo se había derrumbado y con él todos mis sueños. Como niña, ver sufrir tanto a mi madre me marcó para siempre. Mi padre, aquel ser a quien yo tanto adoraba, optó por abandonarnos y nunca más supimos de él. ¡Nunca más! Como familia tuvimos que acallar nuestro dolor en favor de los demás, aunque sabíamos que cada uno llevaba su calvario personal muy profundamente.

Fue en esos años que tuve un sueño. Un sueño que me hablaba de otro Padre. De un Padre que jamás me abandonaría. Que me amaba con todas las fuerzas de su corazón y que cuidaría de cada detalle de mi existencia. En el sueño mi Padre celestial me decía que mientras mantuviera mi mirada fija en Jesús, nada malo me ocurriría. Desperté sobresaltada y corrí a contarle mi sueño a abuela María. Ella, con la gran sabiduría que dan los años, me dijo que Dios sentía especial interés en mí y que a través de ese sueño me había bendecido para siempre.

Aunque crecí sin mi padre terrenal y su recuerdo sigue intacto en mi mente, mi otro Padre –aquel que nunca me abandonará porque ha declarado que soy la niña de sus ojos, ha sido el bálsamo que necesitaban mis profundas heridas. A su lado encuentro la paz que necesita mi corazón quebrantado y cuando siento que las experiencias de la vida pesan demasiado, corro hacia Él, imagino su mirada penetrante y entonces siento que me toca el alma. Luego, casi en un susurro, escucho que me dice: “Yo te bendigo, hija mía”.

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Por Chari Torres. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.

*Guitarra pequeña afinada tres tonos y medio más alto que la guitarra tradicional. Instrumento musical típico de Colombia, Venezuela y México.


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