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Pan de Vida
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Fotografía: Mauro Bighin
Aprendí a hacer pan durante mi niñez, viendo a tía Chepa en las frías tardes del invierno chileno. Llegábamos a su casa y el aroma dulzón de la levadura diluida en leche tibia nos guiaba hasta su amplia cocina. Ella decía que la levadura tenía que fermentar por algunos minutos antes de comenzar el proceso de la masa. Era cierto, porque al mirar el tazón usted podía ver que la levadura sumergida en la leche comenzaba a hacer burbujitas.

Mi tía tenía una tabla especial que le había confeccionado el abuelo Miguel con maderas nobles del sur del país, y comenzaba a depositar en ella los siguientes ingredientes:

8 tazas de harina
un trozo de levadura derretida en un poco de leche tibia
1 pan de manteca vegetal
2 cucharadas rasas de sal
2 tazas de agua tibia

Las manos expertas de tía Chepa agrupaban primero los ingredientes secos formando una pila. Hacía un hueco en el centro y dejaba caer en él los ingredientes líquidos, poniendo especial cuidado para que no se le escapara el agua por los costados. Unía todo rápidamente  y lograba obtener una masa suave y tersa que guardaba en un recipiente con tapa.

Mi turno para Entrar en Acción

Tengo en mi retina las manos de mi tía tomando la masa, cortando un trozo de ella y luego estirándola, juntándola y volteándola mil veces, hasta conseguir la consistencia deseada.

Formaba bolitas del tamaño de un durazno y las ordenaba a un costado de la tabla. Cuando toda la masa estaba convertida en bolitas, tía Chepa las aplastaba un poco, formando discos de 1/2 pulgada de grosor y… ¡yo entraba en acción!

Mi función era tomar un tenedor y enterrarlo tres veces en cada disco, poniéndolos en una bandeja en filas de tres, hasta completar la docena. Ella decía que esos oyitos evitaban que el pan se inflara y se formaran surcos profundos.

Una vez que la primera bandeja entraba en el horno, todos sabíamos que en media hora el pan estaría listo.

Abrirlos y sentir el vaho caliente y delicioso sobre la cara, era una experiencia de vida y de plenitud indescriptible. Ver los trozos de mantequilla derretirse al más mínimo contacto con el pan… ¡es algo que todo ser humano debiera experimentar alguna vez en la vida!

Jesús es nuestro Pan. Él es quien nos invita a su Hogar, nos hace sentir el vaho inconfundible de su Gracia y permite que nos llenemos de paz y de amor. El llega a nosotros para nutrirnos, para satisfacer nuestras necesidades y nos invita a celebrar junto a su mesa el gozo del Evangelio eterno.

Déjate saciar por el Pan de Vida y perfuma con Él las vidas de quienes te rodean.

“Yo soy ese pan que da vida.  El que confía en mí nunca más volverá a tener hambre…” (Juan 6:35).

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Por Chari Torres. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002.


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