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Su Nombre era Margott
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Fotografía: Holly Kuchera
Mi madre, Margott, me enseñó grandes lecciones. Con ella aprendí a admirar profundamente a la mujer como ser humano. Siendo ella muy pequeña, sufrió las largas ausencias de su padre del hogar, y por ser la mayor de sus hermanos, tuvo que enfrentarse a la dura tarea de realizar pesadas labores domésticas mientras su madre trataba de ganarse la vida como comerciante en un sector agrícola del país. Mi abuela también debía ausentarse durante los días de semana, dejando a sus hijos al cuidado de una hermana viuda. Mi madre tuvo que crecer rápido y aprender que la vida no era tan fácil como creía.

Recuerdo que siendo niña, mi madre solía contarme historias bíblicas de heroínas como Rut, Ester, Sara y Ana. ¡Todas ellas mujeres extraordinarias! A veces imaginaba estar junto a ellas y cuando mi madre se disponía a realizar sus labores, yo volvía a revivir cada episodio que me había narrado con tanta pasión.

Mi madre tenía el inigualable talento de transformar unas cuantas legumbres y hortalizas en el guiso más delicioso que jamás haya probado. Y qué decir de la comida que preparaba para el día sábado… ¡era un verdadero banquete!

Durante los fríos inviernos de nuestro país situado en el último rincón del mundo (como lo describió un cantante famoso), las inquietas manos de mi madre tejían hermosos chalecos y ponchos para sus hijitos. Después que los usábamos todo el año, mi madre los tomaba de vuelta y los deshacía por completo. Luego, llenaba una fuente con agua caliente y dejaba caer en ella una rama de quillay*. Lavaba la lana en aquella agua jabonosa y perfumada, la enjuagaba varias veces y luego la tendía al sol tibio del atardecer. Una vez seca, nos llamaba para que le ayudáramos a hacer las madejas. ¡Entonces comenzaba la transformación! Mezclaba colores y puntos diversos y en pocas semanas nos mostraba su milagro terminado: chalecos y ponchos que hubieran envidiado las mejores tiendas de ropa del mundo.

Proveedora

A éso llamo ser proveedora. Porque donde no había, encontró; renovándolo, transformándolo y haciéndolo mejor.

El Maestro hizo lo mismo con nosotros. Vino a este mundo perdido para salvarnos. Llegó a un mundo desolado. Y vino por nosotros… un montón de deshecho que no merecíamos más que la muerte. No sólo nos buscó, sino que nos halló; nos sumergió en su Agua perfumada, nos limpió y nos renovó; nos transformó y nos convirtió en Su hechura más hermosa.

¿No le parece formidable?

“Sale a comprar lana y lino, y con sus propias manos trabaja con alegría. . . Se levanta muy temprano, y le da de comer a sus hijos y asigna tareas a sus sirvientas. . . Ella fabrica su propia ropa. . . No le preocupa que haga frío, pues todos en su casa andan siempre bien abrigados” (Proverbios 31:13-21).

*Palabra mapuche que quiere decir árbol de gran tamaño (llamado también palo de jabón), cuya madera hervida es utilizada como detergente para lavar ropa, o como champú.

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Por Chari Torres. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002.


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