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De Más Valor
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Fotografía: Matt Antonino
“¿Qué hay en aquel cerco?”, preguntó mi hijo mientras nos adentrábamos en un cementerio local. “No estoy seguro, pero parece un venado”, agregó. Mi primer pensamiento fue que quizá alguien le haya disparado a un venado y lo dejó colgado allí. Claro, si es que verdaderamente era un venado. Normalmente ando apurada y no tomo tiempo para investigar nada; pero hoy no teníamos prisa, de manera que dimos la vuelta para ver lo que había en aquel cerco.

Conduciendo lentamente, observamos atentamente la parte baja de la valla. Ahí estaba. Parecía un pequeño venado atrapado. Al principio pensábamos que estaba muerto, pero luego vimos que movía ligeramente su cabeza. El cementerio está adyacente al patio de una iglesia, así que golpeé ansiosamente en la puerta parroquial, esperando que alguien estuviera allí y nos ayudara. La esposa del pastor salió inmediatamente y comenzó a llamar a personas de los alrededores para que nos ayudaran.

Temiendo que el venado se entusiasmara demasiado y se hiriera aún más, caminamos cuidadosamente por el cementerio, para conseguir verlo de cerca. Fue entonces cuando advertimos que otro venado había permanecido cerca, afligido por el más pequeño. Su preocupación por el otro venado –tal vez su cría–, eclipsó su temor hacia nosotros y permaneció a su lado, a pesar de nuestra presencia.

Ensartado en el Cerco

Cuando vi que el pequeño venado estaba prácticamente ensartado en el cerco, mi corazón se apretó. Era una imagen muy triste. Desafortunada­mente, el pequeño venado no había saltado lo suficientemente alto. Mientras esperábamos que llegara la ayuda, sostuve la cabeza del venadito y me pregunté si habría alguna esperanza de que sobreviviera. El fierro del cerco había penetrado en su pecho, pero parecía no haberlo hecho tan profundamente como para lesionar ninguno de sus órganos vitales. ¿Sangraría demasiado si es que alguien lograba desprenderlo de aquel fierro?

Finalmente, un anciano llegó a ayudarnos. Levantó rápidamente al venadito y lo apretó contra su corazón mientras este daba fuertes balidos. El animalito salió como una flecha, incluso, saltando otro cerco. Entonces nos dimos cuenta que un pedazo de decoración de la reja había desaparecido. Nuestra ilusión se desvaneció cuando pensamos que tal vez actuamos demasiado precipitadamente y que aquel pedazo todavía estaba en el interior del pequeño venado. Pero qué alivio sentimos cuando mi hijo encontró el pedazo de metal en el suelo. Tal vez nunca sabremos si el venadito sobrevivió aquella dura experiencia, pero con toda seguridad se le otorgó una segunda oportunidad en la vida.

Pensando en ello más tarde, recordé las palabras de Jesús: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre” (Mateo 10:29). Aquella experiencia me dio una vislumbre de cómo es el corazón de Dios y cómo se conduele por la más diminuta de sus criaturas.

A veces se me hace difícil sentir el amor que Dios tiene por mí. Teóricamente, sé que Él me ama. Mi corazón se aprieta cuando pienso en todo lo que Él ha hecho por mí, pero a veces todo parece tan lejano y abstracto. Al pensar en la compasión y preocupación que sentí hacia aquel venado, mis sentimientos no podrían compararse a la compasión y al cuidado que Dios tiene por mí. Me ve, me conoce y me ama más de lo que puedo imaginar o comprender.

“Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31).

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Por Leslie Olin. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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