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Melvin, mi Enamorado
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Fotografía: Ron Chapple
El 14 de febrero siempre ha sido para mí un día de buzones vacíos y sueños rotos. Mi primer Día de San Valentín, luego de mudarme a otro lugar, encontré un gran ramillete de flores esperándome en la puerta de entrada.

Había esperado un momento así durante casi cincuenta años. Subí los escalones y rompí el papel verde que envolvía el ramo para descubrir una tarjeta que me diría que existía alguien en aquel pueblo que me amaba. Abrí el pequeño sobre y leí: “Feliz Día de San Valentín, de Melvin”. Me detuve. No podía recordar a nadie de mi generación que tuviera ese nombre. De hecho, se me hacía difícil recordar aquel nombre hasta que pensé en un joven encantador que era el gerente del teatro Stanford’s Lively Arts. Había trabajado allí durante algún tiempo como acomodadora, y probablemente él les envió un ramo de flores a todas las viejecitas que lo ayudaron. Me senté de inmediato y le escribí una efusiva tarjeta de agradecimiento.

Dos días después, alguien golpeaba a mi puerta. Abrí y allí estaba Melvin, con su cara roja como corazón de San Valentín y una docena de rosas en la mano.

“Yo no le envié flores para San Valentín”, señora Miller, –dijo. “Pero debí haberlo hecho. Usted ha sido una maravillosa ayuda para nosotros este año.”

Le agredecí el gesto, le di un abrazo, lo atosigué con bizcocho y una taza de té caliente y juré que trabajaría para él hasta que aquella universidad se cayera en pedazos. Le di un beso y lo guié hasta la puerta de calle, y entonces comencé a indagar en mi memoria.

No Conocía a otro Melvin

De repente recordé a aquel chico que ayuda a acarrear los comestibles en el supermercado. Siempre bromeamos y yo lo molesto en forma descarada. Me apresuré para llegar a la tienda y cuando mi querido Melvin comenzó a empaquetar mis comestibles, le di un abrazo y un beso.

“¿Te dije lo hermoso que eres?” –exclamé. ”¡Ese ramo de flores fue el mejor regalo de San Valentín que haya recibido jamás!”

Y le estaba diciendo la verdad absoluta. El problema es que se lo estaba diciendo a la persona equivocada –o debo decir, ¿al chico equivocado? Melvin tenía sólo 12 años de edad.

Mientras pagaba, Melvin desapareció por un instante. Volvió con un ramillete enorme de margaitas en la mano y un globo que decía: “Sé mi Enamorada”. Lo depositó en mis manos y recogió mi bolsa de comestibles.

“Quería que te llegaran a tiempo,” –mintió. “Pero no los pagué hasta ahora”.

“Entiendo,” –dije. Volví a casa y lloré. ¿Cómo podría la vida ser tan cruel? En algún lugar del mundo existía un hombre llamado Melvin que me amaba lo suficiente como para enviarme flores y yo no tenía ni la menor idea de quién era.

Llamé a la florería desde donde enviaron mi ramo de San Valentín y les pregunté quién lo había hecho. Me explicaron que no les estaba permitido divulgar esa información.

“¿Cuál es su nombre?” –le pregunté.

“Sebastián,” –me respondió. “Sebastián O’Malley. ¿Por qué lo pregunta?”

Estaba demasiado sofocada como para responder. Miré fijamente mis tres ramos de flores y dejé de llorar. Me senté cómodamente a admirarlos. Inhalé su perfume y juré ponerle Melvin a mi próxima mascota.

Miré hacia arriba en dirección al cielo, y dije: “Ah, gracias a todos los Melvin del mundo! ¡Atesoraré mientras viva el recuerdo de mi primer Enamorado de tres cabezas!”

Y lo hice.

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Por Lynn Ruth Miller. Reimpreso con permiso Reimpreso con el permiso de Signs of the Times (Señales de los Tiempos), febrero 2007. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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