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El Precio de la Envidia
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Fotografía: Alexis Puentes
“No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca” (Exodo 20:17).

La Biblia a menudo nos advierte contra la codicia y su pariente cercano, la envidia. Se nos ha comandado evitarlos no por el daño que causamos en los demás a través de esos sentimientos (aunque puede ser considerable), sino porque se volverá en contra nuestra.

Considere el impuesto de lujo del año 1991. El Congreso quería más dinero. Subir los impuestos fue impopular, de modo que el Congreso utilizó la envidia para hacerlo. Subió en un 10% el impuesto a las ventas nacionales relacionadas al lujo –yates, carros costosos, pieles y joyas. El Congreso explicó que estos artículos eran comprados por gente adinerada. Alegaron que los ricos tenían mucho más dinero que usted y yo, el norteamericano promedio. Era justo cobrarles más a ellos cuando fueran a adquirir artículos que el ciudadano común y corriente no podría comprar.

Este argumento rayó en la codicia, “nada que le pertenezca a tu vecino”. Aún así, la mayoría de las personas se convencieron a sí mismas que los adinerados no eran “sus vecinos”, de manera que el impuesto fue aprobado.

Los “ricos” dejaron de comprar lujos con impuestos altos (eran lujos, al fin de cuentas). Las industrias que vendían y fabricaban esos artículos de lujo colapsaron. Los trabajadores fueron despedidos. Los desempleados dejaron de hacer compras grandes. Muy pronto la industria automovilística, los fabricantes de lavadoras, secadoras, refrigeradores y otros negocios descubrieron que las demandas por beneficios se habían venido abajo. Ellos también despidieron a sus trabajadores. El país cayó en una recesión.

El gobierno perdió dinero. Las esperadas ganancias del impuesto en los artículos de lujo nunca llegaron a materializarse. Con tanta gente desempleada los recibos de los impuestos a la renta también disminuyeron. Y el gobierno tuvo que gastar dinero en desempleo y asistencia social.

Siendo Presa de la Codicia

El norteamericano promedio –aquel que pensó que estaba bien que el gobierno se llevara más dinero de su vecino porque tenía cosas que él no tenía, también resultó perjudicado. Muchos trabajos deshechos, familias que perdieron sus trabajos y oportunidades– terminaron siendo presa de la envidia y la codicia.

¿Y los adinerados? Creo que también perdieron. Debieron  manejar sus carros y sus yates por más tiempo. Pero ese pedacito de envidia y codicia en particular, les dolió menos que ser motivados por esas emociones.

Cierta vez viví en un lugar donde las personas no se preocupaban del dinero que hacían tanto como de que los demás no ganaran como ellos.  Sucedió algo interesante. La gente que creó negocios y trabajos, se sentían incómodos de vivir en un lugar donde se los condenaba por tener éxito. De manera que los nuevos negocios se fueron del lugar y aquellos ya exitosos, también. Los que se preguntaban por qué había tan poco trabajo en el pueblo, fueron los que resultaron perjudicados.  Pero nunca reconocieron el daño que se hicieron a sí mismos debido a la envidia.

Dios desea que evitemos el pecado, porque cuando lo hacemos nos herimos más a nosotros mismos que a los demás. ¿Aquello de no codiciar la casa del vecino?  Significa éso.

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Por Mark N. Lardas. Derechos © 2008 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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