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Juéguesela
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Fotografia: Mario Alberto
Mi amigo Charlie Croteau era un muchacho universitario alto y rubio, de 20 años de edad, cuando su vida sufrió un vuelco. El momento fatal sucedió mientras estaba en una clase de gimnasia tratando de realizar un salto mortal sobre el trampolín. Al sobreextender su cuerpo, el maestro le pidió que realizara nuevamente el ejercicio. Charlie trató de no saltar tan alto, pero su espalda comenzó a arquearse demasiado pronto y se fue hacia atrás, azotándose con el borde del duro metal. Se rompió el cuello y quedó tetrapléjico, pudiendo utilizar limitadamente sus manos. 

Durante los meses siguientes al accidente, algo ocurrió con Charlie mientras pasaba acostado en su cama. Tenía que elegir. Específicamente, él tenía que elegir cómo iba a manejar su vida desde su desgracia. Podía permitir que la tragedia lo aplastara, transformándose en un pozo de autocompasión y pena, o vivir alegremente, a pesar de su silla de ruedas. Como dijo Charlie, él eligió “jugársela.” 

“Jugársela” significa disfrutar de algo bueno que usted tiene y compartirlo. Quiere decir formar un club submarino compuesto por otras personas en sillas de ruedas y llamarlo “Ruedas Morenas”. Significa hacer una fogata en su patio, invitar a sus amigos para “contar historias” las que se inventan en el camino mientras usted chupa un pedazo de paja. Quiere decir realizar competencias de sillas de ruedas en el estacionamiento con sus amigos. Significa confeccionar bicicletas para cuadrapléjicos con chatarras o comprarle un sistema de sonido a uno de sus cantantes favoritos de música folclórica de su ciudad. 

Oficiando sobre Marshmellow Asados 

Como jóvenes integrantes de familia, compramos un terreno junto a otra familia y lo subdividimos en tres lotes. Le vendimos el tercer lote a Charlie, quien nunca había construído una casa, pero quien pasaría días enteros jardineando y plantando verduras. Este terreno era el sitio que utilizaban muchos músicos para hacer sus conciertos y asados al aire libre, atrayendo con ellos a muchas personas. Los niños corrían a través de los corrales por montones y Charlie se trasladaba en su trono movible, como un glorioso rey, feliz de ver disfrutar a niños y viejos de los placeres de su reino. Uno de los eventos culminó con el asado de mazorcas de maíz sobre una fogata. Después, cantamos canciones acompañados de guitarras hasta que nos comenzamos a preocupar de no alterar el orden de nuestro durmiente vecindario. No recuerdo haber visto a Charlie tan feliz aquella noche mientras oficiaba la reunión sobre marshmallow asados sobre las llamas y el resplandor amoroso de su rostro. 

Él estuvo con nosotros una vez cuando la tragedia golpeó nuestras propias vidas. El negocio de techos de mi marido era nuestra única fuente de ingresos para nuestra joven familia. Michael se cayó de una escalera que había colocado sobre un techo para lograr un nivel más alto. Al desplegar sus brazos como un águila mientras caía, azotó su muñeca izquiera la cual quedó rota en pedazos. Nos habíamos mudado a la casa soñada no hacía mucho, y los pagos de la hipoteca fueron nuestra peor pesadilla. Siendo que Michael trabajaba por su cuenta, tuvimos que enfrentar su recuperación sin recibir ingresos de desempleo y ni siquiera teníamos seguro de salud ni de compensación por enfermedad. Felizmente, un grupo de personas de la inauguración del reparto de casas, celebró nuestro espíritu y nos trajeron bolsas con alimentos y pequeños aportes en dinero. Entonces llegó la tarjeta de Charlie: “Le pregunté a Dios cuánto debía darles,” –escribió con su escritura temblorosa–, “y Él me respondió que les enviara esta cantidad”. En su interior había un cheque por $4,000.00, cifra exacta que necesitábamos para cubrir los gastos de aquellos meses en que Michael se sanaba del accidente. 

Nos inspiró nuevamente cuando mi padre cayó enfermo, azotado por un cáncer. Papá conoció a Charlie e instantáneamente lo quiso. En gran parte porque era un chico pobre que llegó a tener éxito por sí mismo y mi padre sentía un profundo respeto por quienes prosperaban con dificultad en la vida. La enfermedad de papá le dio la oportunidad de hacer lo mismo, pero la muerte lo acechaba de cerca y era demasiado difícil soportarlo, aún con su gran valor. Ese fue el tiempo en que mi padre debió llorar, lo que nunca es fácil para un hombre grande. Charlie lo ayudó. 

Papá recibió centenares de tarjetas de sus amigos acumulados a través de sus 68 años de vida. Al fondo de una cesta estaba la de Charlie. Una tarde, papá me llamó a la sala de estar de la casa: “Tengo que leerte esta tarjeta,” me dijo seriamente. 

Revolviendo entre el montón de tarjetas, finalmente sacó la de Charlie: “Estimado Richard,” –leyó papá–, “desearía poder quitarle este dolor. Pero nos encontraremos nuevamente en un mejor lugar.” 

Cuando leyó la última frase, mi valiente padre sollozaba de un modo que jamás vi antes. Charlie tenía una forma de consolarlo mejor que su propia familia. No sólo por lo que le dijo, sino cómo dijo aquellas palabras que se infiltraron en las defensas de papá y entibiaron el espacio más solitario de su corazón. 

El pasado otoño vendimos nuestra casa y nos mudamos a una ciudad en otro Estado. Después de llenar tres veces un gran contenedor, empacamos el resto de nuestras pertenencias acumuladas durante 15 años y nos despedimos de nuestros amigos. Aunque por fuera demostrábamos estar firmes, la procesión iba por dentro. Y lo más difícil de todo fue despedirme de mi buen amigo tetrapléjico. Permanecí alegre durante las formalidades de la despedida, pero cuando su camioneta salió de nuestra vía de entrada, el corazón se me apretó y mis ojos se llenaron de lágrimas. Las hojas del otoño se arremolinaron alrededor de las ruedas al acelerar su camioneta, y el mejor amigo que jamás tendré en la vida, desapareció al final de la calle. 

Al día siguiente hicimos ese trayecto por última vez. Le di una última mirada al paraíso de Charlie y le agradecí a Dios por su amistad. A través de su muda enseñanza, aprendí que algunas maldiciones pueden ser bendiciones disfrazadas. De la mano de la gracia, el óxido se convierte en diamante, las cenizas en seda y una silla de ruedas llega a ser el trono de un vencedor. 

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Por Jennifer Schwirzer. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times, abril 2007. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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