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La Calidez de Dios
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Fotografia: Linda DuBose
“Todo está salvaguardado 
antes de las tempestades invernales.”

Creo, porque lo he leído en el periódico, que el Día de Acción de Gracias es celebrado en lugares como Orlando y San Gabriel, aunque debo confesar que me cuesta entender por qué. En aquellas ciudades y otras diez mil al sur de donde yo vivo, las familias dejan las ventanas abiertas mientras se pasan la salsa de arándanos y el relleno del pavo; los insectos zumban contra las mallas protectors de las ventanas; las palmeras dan su sombra apacible sobre el persistente verdor. 

En el mundo en el cual aprendí a estar agradecido, era la calidez y la satisfacción la que nos hacía dar gracias el cuarto jueves del mes de noviembre (o seis semanas antes, en Canadá). A fines de noviembre, en cualquier parte del norte, como por ejemplo, Missouri, el cielo se torna triste y la nieve congelada toma un siniestro color gris. Toda la llameante pasión de mediados de octubre se enfría debido a los vientos que cruzan Alberta. El paisaje se calma enseguida, se asienta, dejando un manto de hojas secas al entrar de lleno en el clima invernal. 

Como si tratara de subrayar que lo que los norteños celebrábamos realmente era la calidez, los hombres de mi familia se reunieron durante muchos años “apilando leña” en el hogar de mis tíos durante la mañana del Día de Acción de Gracias. Su gran horno consumía los troncos de madera de igual forma que mis hermanos y yo devorábamos el puré de papas –casi sin pausa para saborearlo. Luego de varias horas expuestos al viento azotador levantando gruesos troncos de roble y alerce para cortarlos con la sierra de la granja –nos apresurábamos para llevarlos al sótano, apiñándonos alrededor de las estufas que estallaban enviando el calor hacia la sala de la casa. Nuestras caras y dedos completamente enrojecidos por el frío, sentían intuitivamente ese calor; aún más que el alimento, era la vida, la sensación de seguridad lo que nos hacía apreciar todo aquello. El Día de Acción de Gracias era la fecha en que medíamos el riesgro de lo venidero, contando los troncos de madera del sótano y las papas en los cajones, agradeciéndole a Dios por habernos proporcionado lo suficiente para pasar el invierno. 

La Bondad de Dios ante la Amenaza 

De modo que sospecho que necesitaba algunas razones que ajustar si hubiera sido llamado a vivir en Tucson o en Biloxi, porque es la bondad de Dios ante las amenazas de la vida lo que hace que Su grandeza nos parezca enorme y gentil. En medio de la abundancia y de las petunias, soy tentado a olvidarme de aquello que más necesito, del Dios siempre presente ayudando a través de los problemas del invierno. Propenso a divagar (¡así lo siento, Señor!), he sido llamado a agradecer por la blanca nieve del oeste, por las mazorcas de maíz disecado sin cortar, por las ardillas que entierran sus hallazgos en un patio cubierto de hojas. Todo vuelve a mí, alertándome y sancionándome, hacia al Padre de luz –y de la calidez– de quien proviene todo lo bueno y perfecto y en quien nada cambia, ni las sombras ni las vueltas de la vida. 

Mientras que la Navidad es nuestro día festivo que nos hace dar, y la Pascua es el símbolo de nuestra esperanza, el Día de Acción de Gracias es sólo una expresión de nuestra confianza cristiana. Nos detenemos, inciertamente a veces, al borde de nuestras fuerzas y del frío que no podemos controlar y declaramos nuestra gratitud al Dios que nos reúne en tiempos difíciles, de tormenta recia e, incluso, de grandes nevazones. Debido a la bondad de Dios, existe alimento –y Gracia suficiente– que perdurará un invierno o toda una vida. 

Las aguas no nos agobiarán; nuestros pies no tropezarán en la oscuridad. 

Aquellos que están hambrientos y sedientos de Su justicia, siempre serán saciados. 

Él estará con nosotros, aún cuando el tiempo se acorte, por la noche siempre iluminará una columna de fuego, de luz y calor. 

Este es el himno que habla de nuestra experiencia: 

“Vengan, diez mil ángeles, 
¡vengan a la fiesta de la cosecha gloriosa!”
 

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Por Bill Knott. Reimpreso con el permiso de Adventist Review (Revista Adventista), Noviembre 23, 2006. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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