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Edredones Vivos
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Foto: Micha Sankowski
“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). 

Lo divisé un poquito apartado del resto de los excursionistas. Tenía las manos ahuecadas sobre su cabeza y estaban cubiertas por media docena de mariposas adheridas a sus deditos. Con ansiedad con reunimos a los demás; ¡así podría mostrarle aquella maravilla a su madre! Meses más tarde, esas pequeñas manos ya no lucían igual, sino marcadas por las agujas en busca de una buena vena. Su hermoso pelo se adelgazó, luciendo como la paja, y en corto tiempo dejó de existir –fue una víctima más de la leucemia. 

Meg, su madre y mi querida amiga, estaba devastada. ¿Qué podría haber dicho o hecho yo para lograr aplacar su pena? ¿Llevarle flores? ¿Tal vez una nota delicada a través de una tarjeta? Nada parecía adecuado. Todos tratábamos de mantenerla ocupada para que no llorara. 

Una tarde, mientras mi madre me hacía una visita, Meg llegó a mi casa. Me sentí tentada a salir arrancando y las dejé solas hasta que tener el coraje de volver. Al regresar a la sala, sucedió algo que había anhelado hacer yo: Encontré a mi amiga en los brazos de mi madre. Las dos lloraban desconsoladamente. Al parecer, no me habían necesitado. Meg tomó su bolso, sonrió a través de las lágrimas y dijo: “Tengo que irme”. Salió del cuarto caminando más livianamente que cuando llegó. 

Preocuparse lo Suficiente para Escuchar 

Unos años después, Meg me preguntó: “¿Recuerdas aquel día cuando me encontré con tu madre después de la muerte de Randy? Esa fue la primera vez que alguien permitió que yo hablara de él –de cuán precioso y especial había sido para mí, de su enfermedad, de su muerte, de mi renuncia. Ella dejó que descargara toda mi pena y congoja. ¡Tu madre se preocupó lo suficiente de mí como para escucharme! ¡Nunca lo olvidaré!” 

¿Por qué no fui tan sensible a sus necesidades? Quizá me afectó demasiado su sufrimiento personal que no me permití el ser vulnerable a su infortunio. 

La función consoladora que mi madre realizó ese día fue semejante a la del Espíritu Santo –la cual, a menudo, es referida como la de un edredón. El Espíritu de Dios no está ocupado en hacer que las cosas sean más cómodas para nosotros. Simplemente está ahí, y la curación ocurre cuando compartimos lo que está en nuestro corazón, como lo hizo Meg con mi madre. De algún modo, mi madre es como el Espíritu Santo con zapatos. Yo también quiero ser así. 

Gracias, Espíritu Santo, por estar en todo momento junto a mí. Ayúdame a realizar tu labor con los demás. 

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Por Rose Nell Brandt. Extractado de Fit Forever, compilado por Kay Kuzma, derechos © 2005 de Review & Herald Publishing. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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