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Bautismo, ¿para qué?
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Fotografia: Studiomill
Crecí en una familia y perteneciendo a una iglesia que cree en el bautismo por inmersión; no en unas gotitas de agua sino bajar a las aguas bautismales. Creía que el tiempo apropiado para hacerlo era alrededor de los doce años de edad, momento en que un niño podía tomar una decisión tan importante por sí mismo. 

Cuando tenía unos 10 años de edad decidí que había llegado el momento y fui a comunicarle las buenas noticias a mis padres. Mi sorpresa fue mayor cuando me contestaron que “no.” ¿Sus razones? Mi conducta en el hogar no demostraba que estaba lista para hacer ese tipo de compromiso. Llegué a la conclusión de que nunca sería lo suficientemente buena como para tomar un paso así, y traté de nunca más pensar en ello. 

Cuando mis padres creyeron que ya era el momento apropiado, hicieron los arreglos para mi bautismo. Una tarde, fui llamada a la sala de nuestro hogar para conversar con el pastor de mi iglesia. Iban a realizar un bautismo en la iglesia y habían decidido que yo sería una de las candidatas. Ese bautismo significó muy poco para mí. No había sido una decisión que yo hubiera tomado ante Dios. 

Tal vez usted piense que mi bautismo no debiera haber ocurrido de esa manera y tiene toda la razón. Mis padres estaban confundidos. Luego de 30 años y de luchar contra la depresión y el alcoholismo, fui bautizada nuevamente, y esta vez sí que lo hice conscientemente. 

Seguir el Ejemplo de Jesús 

La decisión de mi bautismo se debió a muchas rezones, pero principalmente a aquella que nos lleva a seguir el ejemplo de Jesús cuando fue bautizado por Juan. Les hizo ver a mis amigos y a mi familia lo que había cambiado en mi interior y me ayudó a aferrarme a la verdad espiritual que manifiesta que la persona que yo era antes había muerto. No fue algo que necesitara llevar a cabo para impresionar a Dios, sino algo que necesitaba realizar por mí misma. Era importante desdeñar a Satanás. Se había apoderado de mi vida por mucho tiempo. Deseaba cubrirme con el agua de la purificación y alejarme para siempre del mal. 

Un predicador amigo se refiere a Satanás como un sabueso. El perro sabueso posee la habilidad de tener un olfato tres millones de veces más poderoso que el olfato humano. Se ha dicho que un sabueso puede detectar un olor hasta después de cinco días. Pero, evidentemente, el sabueso no puede rastrear algo bajo el agua. 

Siendo que Satanás es el sabueso que anda rastreándonos a todos –anda alrededor buscando a quién devorar (1 Pedro 5:8)—¿por qué no pedirle a Jesús que me cubra en las corrientes purificadoras del bautismo? ¿Por qué no iba a desear quitar todo vestigio del mal, sumergiéndome en las aguas bautismales? 

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Por Dee Litten Reed. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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