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Más que Arándanos
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Fotografia: Brad Harrison
Hoy fui a recoger arándanos. Claro, mi familia podría comprarlos en la frutería más cercana, pero nos levantamos al alba para “pasar por esa experiencia”. Resultó ser que salí de allí con algo más que fruta. 

Cuando llegamos el dueño del terreno nos destinó una sección y comenzamos a recoger los arándanos. Había estado allí durante un buen rato cuando escuché una voz que provenía de unos arbustos cercanos. “¿Cómo está su hermano? Hemos estado orando por él en nuestra iglesia”. Una mujer se asomó por entre las ramas y la reconocí enseguida. La había visto en una iglesia vecina. Su pregunta hizo que mi corazón se apretara porque tenía que decirle: “Él murió hace tres meses”.
 
Luego de darme las condolencias, me contó que su nieto, un joven universitario, había muerto el año pasado en un accidente automovilístico. Habló de cuánto lo extraña y del vacío que ha quedado desde que ya no está. Conversamos mucho mientras recogíamos arándanos. Aunque las circunstancias eran distintas, ambas sabíamos exactamente cómo nos sentíamos. Concordamos en varios puntos cuando uno pierde a un ser querido: –las cosas no se ponen más fáciles, usted aprende a manejarlas; el tiempo no cura nada –pero se lleva parte del dolor; usted no puede planear qué día sentirá menos pena –lo que hace es tomar la vida tal como se presenta; las cosas nunca llegan a normalizarse –pero su familia descubre una nueva clase de normalidad; la muerte es una horrible desilusión –pero el cielo es una promesa maravillosa. 

Milagros 

Mientras continuábamos recogiendo arándanos le hablé acerca del milagro más grande. Si Dios hubiera curado de cáncer a mi hermano o restaurado el cuello roto de su nieto, ésos habrían sido verdaderos milagros. Pero le dije que el milagro más grande de todos sucederá cuando Jesús los resucite –ambos sanos otra vez –¡viviendo para siempre! 

Al levantarme para continuar recogiendo arándanos en otra sección del terreno, me di cuenta que muchos recogedores se habían acercado a nosotras desde que empezó nuestra conversación. En todas direcciones de su fila y de la mía había personas –personas silenciosas que estuvieron escuchando cada una de nuestras palabras. Quién sabe por lo que estaban pasando algunos de ellos. ¿Habrían perdido también a un ser querido? ¿Les habrá dado esperanza algo de lo que dijimos logrando ver la luz al final del túnel? 

Más tarde, cuando ya estábamos listos para abandonar el lugar, una mujer de edad avanzada se acercó y me dijo: “No pude dejar de escuchar lo que conversaban. Permítame contarle que mi esposo murió de cáncer el año pasado”. Por las cosas que dijo supe que era cristiana. Antes de salir, le toqué el brazo y le dije: “Algún día, usted verá a su esposo y yo volveré a ver a mi hermano cuando estemos en el cielo”. 

“Así lo creo,” dijo con una sonrisa. 

Recogí mis cubos de arándanos y aunque estaban pesados, mi corazón se sentía liviano. Y un pensamiento vino a mí: Por éso Pablo nos anima en Gálatas 6:2, diciendo: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas….” De algún modo, llevar las cargas de los demás logra que las nuestras lleguen a ser más livianas. 

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Por Nancy Canwell. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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