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Golpeada y Bendecida
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Fotografia:  Dez Pain
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
 

Fue como a las 3 de la mañana que me sacaron de la cama de un tirón. Furioso, mi borracho esposo había lanzado a nuestra bebita dentro de la cuna. Mientras me apresuraba a comprobar que Becky estuviera bien, sentí que me halaban por el pelo desde la espalda y, literalmente, volaba por el cuarto. Podía escuchar el llanto de mi hijita mientras sentía el impacto de su bota. Primero, en la cara; luego, en mi estómago, brazos y piernas, hasta que el dolor era tan intenso que ya no podía detectar en qué parte del cuerpo había sido golpeada. Escuché que alguien tocaba a la puerta. Eso lo debe haber calmado un poco porque me dio un puntapié final con su bota y salió del cuarto. Permanecí inmóvil sobre el piso, en mi posición fetal, mientras oía el golpe de la puerta trasera al cerrarse y el ruido de su carro, alejándose. Sólo deseaba morirme allí mismo, sobre el suelo; pero mi hijita me necesitaba. Sabía que debía salir de la casa antes de que mi esposo regresara. 

De repente, oí ruidos que venían de la puerta trasera. Pensando que había regresado, sentí pánico; pero mis piernas rehusaban moverse. Luego mi terror dio paso a las lágrimas al ver la silueta de mi hermana Linda en el umbral de la puerta, con su bata y sus zapatillas de levantarse. Dios la había despertado y la obligó a venir a verme. ¡Un milagro! 

Escapando del Hombre que Casi me Destruyó 

Mirándome a mí primero, y luego alrededor del cuarto, mi hermana se echó a llorar. “¡Se acabó! Esto es demasiado!” Se dirigió al teléfono e hizo las reservaciones pertinentes, llamando luego a nuestros padres en Texas para avisarles que llegaríamos en el próximo vuelo. Y fue así como escapé del hombre que casi me destruyó. 

Sí, en mi primer matrimonio fui una de las 3 ó 4 millones de mujeres en los Estados Unidos de Norteamérica que son víctimas de abuso doméstico de parte de sus cónyuges. ¿Por qué me quedé a su lado tanto tiempo? Sentía vergüenza de escapar; al fin y al cabo… ¿no es el matrimonio un compromiso que se hace para toda la vida? Además, creía en sus mentiras, asumiendo una culpa que no me pertenecía. No tenía dinero. Y aunque me aterrorizaba quedarme, sentía mucho más temor de irme. Pensé que me mataría. 

Ahora sé que Dios no desea que nadie viva en una situación donde es amenazada verbalmente, degradada, insultada y abusada físicamente. Si esto está sucediéndole a usted, Dios le proporcionará una vía de escape –restaurándola, como verdadera hija del Rey –Su precioso tesoro por el cual murió y redimió. Léalo usted misma en la Escritura: “Porque el Señor ha escogido a (aquí ponga su nombre) para Él mismo –usted es Su tesoro especial” (Salmos 135:4, mi propia paráfrasis). 

Padre Dios, gracias por rescatarme, restaurarme y bendecirme abundantemente. 

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Por Brenda Walsh. Extractado de Fit Forever, compilado por Kay Kuzma, derechos © 2005 de Review & Herald Publishing. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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