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Yo Hice Llorar al Matón
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Foto: Thomaz Scalquo Cia
Mientras subía al bus escolar, dí un vistazo rápido por los asientos para ver si Daniel estaba allí. Oré para que tuviera algún tipo de práctica o algo parecido que lo mantuviera fuera del bus. 

No tuve suerte. Allí estaba, observando de arriba a abajo el pasillo, esperando molestar a quienquiera que se acercara a él. Torcí mi cabeza y miré hacia el fondo del bus. De todos modos, me señaló a mí. 

“Cec-ci-ci-lia. Oyy-ye, Ce-ci-ci-lia!” cacareó Daniel, haciendo risa de mi tartamudeo. 

Gracias a la terapia del habla, mi tartamudeo no era tan notorio como antes. Pero eso no hizo que Daniel dejara de ridiculizarme. Nunca conocí a nadie que realmente quisiera estar con él. Daniel parecía feliz solamente cuando lograba que alguien se sintiera miserable. 

Miré al suelo y puse mi mochila sobre mi falda, esperando que él encontrara a alguien más a quien atormentar. Pero siguió repitiendo mi nombre. 

“Cec-ci-ci-lia.… Cec-ci-ci-lia… Dd-dd-dinos a-aa-aa-al-go, Cec-ci-ci-lia,” remedaba Daniel. “¿Q-q-q-ué t-t-te pa-pa-pa-sssa? ¿Eres tar-t-t-ta-mu-mu-da?” 

“¡Yo no hablo así!”, grité. Aunque deseaba aproximarme a él y abofetearlo, podía escuchar la voz de mi madre, instándome a ignorarlo. Pero era difícil, porque lo tenía a dos pasos de mí. 

Cámara de Tortura Móvil 

Si solamente pudiera levantarme y huir de allí, pensaba. Pero no, estaba atascada en esa cámara de tortura móvil. 

Esperando que terminara con su molestoso acoso, saqué mi iPod y le subí el volúmen. Mi plan funcionó hasta que Daniel me arrancó los audífonos de la cabeza. 

“¿Quieres escuchar música, también? ¿Algo latino?”, preguntó con una risita. 

“¿Por qué dices eso?”, le pregunté. 

“Porque eres mexicana,” respondió. 

“No, no lo soy. ¡Soy cubana!”, corregí. 

“Cubana… mexicana sucia –la misma cosa”, resopló de furia, poniendo los ojos en blanco. 

Lo que dijo me hizo hervir la sangre. Sin pensarlo, me puse de pie y dejé escapar el primer insulto que vino a mi cabeza. 

“¿Quieres jugar a los sobrenombres? Yo tengo uno para ti –¡cara de grano! ¿Nunca has pensado en medicarte? ¡Tus mejillas y tu frente están más agujereadas que un ciclocross! 

Los que estaban en el bus irrumpieron en carcajadas. ¡Con solo un insulto nosivo le había arrebatado el poder a Daniel, y me sentía tan bién! Mi pulso se aceleró mientras celebraba con la chica que estaba más cerca de mí, quien también fue víctima frecuente de Daniel. 

Me sentí como en esas películas donde el niño bueno le gana al matón y todos se alegran porque, por fin, se ha hecho justicia. Pero al volverme donde otra compañera de clases, me di cuenta que Daniel estaba llorando. Bueno, en realidad, trataba de no llorar. Su devastado semblante me hizo ver que lo había humillado. De repente, me sentí avergonzada. 

Aunque una parte de mí sentía que Daniel merecía lo que hice, yo sabía que Dios no lo veía así. Y, aunque los comentarios de Daniel fueron desatinados, su conducta grosera no me daba el derecho de actuar tan horriblemente como él. Ciertamente, no demostraba amar a mis enemigos (Mateo 5:38-48). 

Respiré hondo, me tragué el orgullo y le dije: “Daniel, perdona por haberte dicho esas cosas tan feas. Lo siento”. 

Me miró fijamente, como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Luego, murmuró: “Está bien,” girando su cabeza para mirar por la ventana. 

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Por Christy Heitger. Reimpreso con el permiso de Insight Magazine, enero 27, 2007. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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