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¿Demasiado Tarde?
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Foto:  Arjen Lutgendorff
Sucede en cada celebración de Memorial Day, Fourth of July o Veteran’s Day. Nos detenemos para honrar a quienes han servido tan valientemente en nuestras armadas. Generalmente, no hay nadie que no se emocione cuando aplaudimos su entrega. Pero mis lágrimas van más allá. Recuerdo a mi padre y lo orgulloso que se sentía por haber servido durante la Segunda Guerra Mundial, y me avergüenzo de haber puesto tan poca atención cuando me contaba sus historias sobre la guerra. 

Parecía que mi padre siempre estaba luchando por lograr la atención de los demás. Su padre murió en un accidente de fundición antes que él naciera y su madre debió trabajar duro para criarlo a él y a su hermanita mayor. Su madre muy pronto se volvió a casar. Tuvieron un hijo llamado Dale quien era lo opuesto a papá –grande y corpulento, aunque no muy inteligente. Afortunadamente, él se sentía ligado a él, pero a veces no fue suficiente para evitar ser juzgado en contra de su robusto hermano menor. No ayudaba el que su madre se pasara comparándolos. Estoy segura que Dale tampoco apreciaba que siempre se le dijera que no era tan listo como su hermano Lowell. 

Mi padre sobresalió en los estudios, se casó con una hermosa y rubia muchacha sureña y se radicó en el norte de Virginia. Nació su hijo y no mucho después papá recibió una carta de la junta de reclutamiento. Les envió un examen médico, seguro de que lo rechazarían. No sólo pesaba apenas 120 libras, sino que además tenía pie plano. Al parecer los examinadores estaban mirando hacia otro lado, porque mi padre fue admitido y pronto comenzó su servicio como médico no combatiente. 

Sin Escuchar 

No sabemos mucho acerca de los dos años que mi padre pasó en Europa, pero sí que tuvo problemas para conseguir permiso para asistir a los servicios de la iglesia y que era acosado por no portar armas. Solía hablar de una bomba que cayó en la tienda de los médicos, pero como niños raramente nos quedamos para escuchar el resto de la historia. Recuerdo el día que recibió un paquete de una enfermera jubilada del ejército que contenía un trozo pequeño de metralla y una nota de agradecimiento hacia mi padre por salvarle la vida. Ella había guardado aquel pedacito de una bomba desde 1940 y nunca olvidó su hazaña heroica. 

Mi padre fue un héroe. Quisiera decirles que celebramos ese día, pero no es así. Aunque amaba a mi padre, sus inseguridades lo convirtieron en una persona necesitada de elogios y nos cansamos de darle lo que más necesitaba. No me siento orgullosa de ello y desearía volver el tiempo hacia atrás, pero no se puede. Papá murió en el año 2000 de complicaciones con la hepatitis tipo C. 

No crea cuando la gente le diga: “Nunca es demasiado tarde”. A veces, sí lo es. 

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Por Dee Litten Reed. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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